by José Luis Aguilar | Jul 26, 2009 | Noticias Paranormales y Curiosas, Sin Categoría
No es un encuentro de fans de ‘Expediente X’, aunque algunas teorías conspiranoicas suenen a argumento de ficción. Los mayores expertos en ovnis y presencias extraterrestres en la Tierra se reúnen hoy y mañana en la primera Cumbre Europea de Exopolítica, que espera atraer a 1.400 asistentes bajo el lema Time for truth (El momento de la verdad). ¿Y cuál es la verdad? “Ladies and gentlemen: No estamos solos. Nunca lo hemos estado”, proclama entre fervorosos aplausos Robert Dean, ex Sargento Mayor del ejército norteamericano y ufólogo. El director del Centro de Estudios de Inteligencias Extraterrestres, Steven Greer, va más lejos: “Un país del G-8 ha encargado a mi equipo promover una expedición para realizar un contacto abierto [con un ovni]”.
Greer abandonó la medicina para dedicarse a investigar el fenómeno ovni (dice que con ocho años fue testigo de un avistamiento) y hoy es uno de los mayores expertos. No sólo dirige el Disclosure Project (Proyecto Revelación), con el que ya ha recopilado más de 500 testimonios militares y gubernamentales, sino que impulsa The Orion Poject: la construcción de un generador de energía Punto Zero. «Un planeta sin contaminación y sin pobreza es posible. La tecnología extraterrestre nos permite fuentes ilimitadas de energía, pero los gobiernos, sobre todo el de EE UU intentan ocultarlo», sostiene. Incluso, afirma que desde 1950 existe un plan de un «gobierno en la sombra» que simulará una invasión alienígena: “Todo para dar más poder a los militares”. Y hay más: “Organizaciones paramilitares simulan abducciones para jugar con el miedo de la gente”.
Éstas son sólo algunas de las perlas que soltará Greer en su conferencia. La otra gran figura es el agente británico Nick Pope, que dirigió durante tres años los informes secretos sobre ovnis del Ministerio de Defensa. Pope era escéptico, pero la fuerza de los hechos le convenció: “El 80% de los avistamientos podían explicarse por errores de identificación comunes: luces de avión, satélites, fenómenos meteorológicos. Pero un 5% de los casos desafiaba cualquier explicación convencional. Durante 2008, el número de avistamientos se duplicó respecto al 2007. Y 2009 será el año récord”.
“Desde el principio de la historia, el número de contactos con extraterrestres es infinito: nos vigilan y protegen. Somos parte de una cultura intergaláctica que intenta ayudarnos a entender por qué estamos aquí”, insiste Dean, a quien el pelo largo y el pañuelo al cuello le dan cierto aspecto de showman. Dice contar con imágenes de un ovni que siguió al Apolo 11 en su viaje a la Luna y que teóricamente la NASA habría destruido. “La NASA no le contó al pueblo americano toda la verdad: que Ellos nos siguieron hasta la Luna y cuando regresamos a casa, viendo cada movimiento. La NASA borró 40 rollos de película para ocultarlo”, afirma Dean, que también cree que “los humanos somos híbridos”.
Las entradas para la mayor Cumbre Europea de Exopolítica que se celebra en el Hotel Melià de Sitges cuestan 150 euros. Una pequeña inversión para enterarse de todo lo que uno siempre quiso saber sobre los extraterrestres y nunca se atrevió a preguntar. En la cumbre, participarán autoridades como el ex astronauta Brian O’Leary, el Doctor Michael Salla, el mediático Stephen Bassett (le puso a Obama sobre la mesa miles de cartas para que desclasifique los expedientes sobre ovnis) o el antiguo piloto Jean-Charles Duboc.
La exopolítica va un paso por delante de la ufología y analiza las implicaciones políticas y sociales de la presencia extraterrestre. Y el supuesto uso de sus tecnologías avanzadas es la clave para “salvar a la Tierra con nuevas energías”, indica Dean. “¡Nuestro destino está en las estrellas!”, exclama el ex Sargento Mayor. Y los que quieren creer, aplauden.
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«No estamos solos en el universo, ni lo hemos estado nunca». Robert Dean, ex sargento mayor del ejército norteamericano y ufólogo, es uno de los mil expertos sobre la presencia extraterrestre en la Tierra que se han dado cita este fin de semana en Sitges en la Cumbre Europea de Exopolítica.
Y añade: «Astronautas de la NASA como Edgar Mitchell y de la Agencia Espacial Rusa como Marina Popovich han declarado recientemente que han existido contactos con civilizaciones extraterrestres y que éstos se nos han ocultado. La pregunta no es si estamos solos, sino cómo podemos ayudar a mejorar nuestra sociedad a través de los contactos con seres de otros planetas, señala».
Alfred L. Webre, director del instituto para la cooperación en el espacio (ICIS) y ex asesor del presidente norteamericano Jimmy Carter, tampoco tiene dudas. «La exopolítica es una nueva ciencia social dedicada al estudio de las relaciones entre nuestra civilización humana y otras civilizaciones inteligentes en el universo. Y ya tenemos pruebas de la existencia de otros seres», afirma. «Por ejemplo en las fotos que tomó la NASA en su último viaje a Marte pueden apreciarse humanoides, diferentes tipos de animales y agua en la superficie de Marte».
Y concreta aún más. «Si alguien coge la fotografía número P.I.A.10.2.14., verá que ampliándola, en uno de sus extremos se ven humanoides y diferentes especies que viven en Marte», asegura el hombre que fue director de un proyecto OVNI auspiciado por la Casa Blanca. «Tenemos evidencia de testigos que en 1971 mantuvieron una reunión con tres astronautas marcianos».
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Robert Dean, ex sargento mayor del ejército norteamericano y ufólogo, es uno de los mil expertos sobre la presencia extraterrestre en nuestro planeta que se han dado cita este fin de semana en Sitges en la Cumbre Europea de Exopolítica. «Hay representantes de Gran Bretaña, Irlanda o Brasil», asegura Pepón Jover, director de Exopolítica España. Y sin vacilar añade: «Astronautas de la NASA como Edgar Mitchell y de la Agencia Espacial Rusa como Marina Popovich confirman que han existido contactos con civilizaciones extraterrestres y que se nos han ocultado. La pregunta no es si estamos solos, sino cómo podemos ayudar a mejorar nuestra sociedad a través de la relación con seres de otros planetas».
Alfred L. Webre, director del instituto para la cooperación en el espacio (ICIS) y ex asesor del presidente norteamericano Jimmy Carter, tampoco tiene dudas. «La exopolítica es una nueva ciencia social dedicada al estudio de las relaciones entre nuestra civilización y otras civilizaciones inteligentes en el universo. Y ya tenemos pruebas de la existencia de otros seres», sostiene Webre. A este experto, director de un proyecto OVNI auspiciado por la mismísima Casa Blanca, le sobran argumentos: «En las fotos que tomó la NASA en su último viaje a Marte pueden apreciarse humanoides, diferentes especies de animales y agua potable en la superficie de Marte». También asegura que «sabemos de testigos que, en 1971, en una base militar de EEUU y en compañía de un agente de la CIA, mantuvieron una reunión con tres astronautas marcianos de una civilización que habita bajo la superficie de Marte».
Humanoide gigante
Klaus Dona, investigador de objetos extraños y culturas desconocidas, aporta otro tipo de evidencias. Durante este congreso, ha mostrado trozos de huesos del tobillo de un gigante humanoide de siete metros y medio encontrados en Ecuador. Además, ha presentado una piedra con una escritura desconocida, hallada supuestamente con las mismas inscripciones en lugares tan dispares como Colombia, Ecuador, EE UU, Francia, Turkmenistán y Australia. «Esto significa que había un idioma mundial o una conexión mundial hace mucho tiempo», señala el especialista.
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by José Luis Aguilar | Jul 12, 2009 | Noticias Paranormales y Curiosas, Sin Categoría
Hallan vacas mutiladas y vuelven las especulaciones esotéricas
Cinco vacunos aparecieron muertos y mutilados con precisión quirúrgica en varias partes del cuerpo en tres campos del distrito rural Crucesitas Tercera, a unos 30 kilómetros al norte.
12-07-2009 | 08:31 hs.Autor: · Fuente: La Capital
Cinco vacunos aparecieron muertos y mutilados con precisión quirúrgica en varias partes del cuerpo en tres campos del distrito rural Crucesitas Tercera, a unos 30 kilómetros al norte de Nogoyá. El vaciamiento de un espejo de agua cercano a la zona donde se encontraron los animales acrecienta el misterio y la incertidumbre de la policía y los lugareños, que no hallan explicación al fenómeno.
El hecho, como otros similares que vienen sucediendo desde hace años, generó interrogantes y dio lugar a especulaciones esotéricas.
Los primeros tres casos se dieron en el lote del bancario retirado Gustavo Cabañas, quien en principio detectó que de la noche a la mañana se había vaciado una laguna cercana, por lo que debió trasladar una tropa compuesta por terneros, novillos y vacas.
En este movimiento, detectó que tres de los animales estaban muertos, sin algunos de sus órganos blandos.
Otros casos. En el caso intervino la brigada de Abigeato de la Policía de Nogoyá, que luego recibió una nueva denuncia sobre otro vacuno mutilado en un campo cercano, perteneciente a una familia de apellido Sánchez. Más tarde el propietario de otro campo cercano, halló un quinto animal en las mismas condiciones.
Tal como la mayoría de los casos que se vienen denunciando desde hace décadas en todo el país y en el mundo, las reces fueron despojadas de los globos oculares, lengua, ubres, órganos genitales, ano y con las quijadas descarnadas, con precisión quirúrgica y sin sangre en las heridas o en los pastos cercanos.
Desde 2002 en la zona de Nogoyá la cantidad de casos similares ascenderían a unos 200 entre denunciados y no denunciados, según declaró el veterinario Pablo Seeling —estudioso del fenómeno— al grupo de investigadores Visión Ovni, de Victoria.
En medio del misterio, otro veterinario, Esteban Putín, trató de desmitificar el hecho y lo atribuyó a la acción de predadores que buscan en los animales muertos por la ingesta de yuyos venenosos las partes más blancas para comerlas (ver aparte).
Curiosidades. Testigos de los episodios aseguran que el último de los animales hallados no presentaba rigor mortis, sino que tenía la carne flácida, pese a que fue descubierto varias horas después de muerto.
Otra observación de los lugareños es que los perros del lugar se mostraban reacios a acercarse a los cadáveres y que el resto de los vacunos de las tropas “no fueron al velorio”, como suele decirse en la zona en alusión a su conducta habitual de rodear a los cuerpos y mugir “como si estuvieran llorando”.
Además, “cuando una vaca se desangra y siente un dolor muy fuerte se hace caca encima y se ensucia las ancas y las verijas, pero acá nada de eso sucedió”, observó un espectador, preocupado porque “aún no se hizo una autopsia a ninguno de los animales para saber cómo murieron. Tratándose de unos casos tan misteriosos sería importante que se hicieran para tener más datos y saber qué pasó con estos vacunos”.
En ese sentido, desde Visión Ovni, que viene siguiendo estos episodios, opinaron que “este caso de Crucesitas Tercera vuelve a poner a la luz este fenómeno que no ha dejado de suceder en la Argentina, y que tiene más que preocupados a productores y funcionarios, ya que abundan las hipótesis y faltan las respuestas”.
Para sus integrantes, es hora de que “las autoridades pongan profesionales y recursos al servicio de la investigación para poder avanzar en este tema”.
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by Lalo Márquez | Mar 9, 2009 | Artículos de Religión y Ateísmo, De Religión y Ateísmo, Sin Categoría
Por Sam Harris
En algún lugar del mundo un hombre ha secuestrado a una niña. Pronto va a violarla,
torturarla y matarla. Si una atrocidad de este tipo no estuviera ocurriendo en este preciso
momento, sucederá en unas pocas horas, como máximo unos días. Tanta es la confianza
que nos inspiran las leyes estadísticas que gobiernan las vidas de 6 mil millones de seres
humanos. Las mismas estadísticas también sugieren que los padres de esta niña creen
que en este preciso momento un Dios todopoderoso y amoroso cuida de ellos y su
familia. ¿Tienen derecho a creer esto? ¿Es bueno que crean esto?
No.
La integridad del ateísmo está contenida en esta respuesta. El ateísmo no es una
filosofía; ni siquiera es una visión del mundo; es un rechazo a desmentir lo obvio.
Desafortunadamente, vivimos en un mundo en el cual lo obvio es, por principio, pasado
por alto. Lo obvio debe ser observado y reobservado y discutido. Ésta es una tarea
ingrata. Se la toma con un aura de petulancia e insensibilidad. Es, más que nada, una
tarea que el ateo no desea.
Aunque resulta menos notorio, nadie necesita identificarse a sí mismo como un noastrólogo
o un no-alquimista. Consecuentemente, no tenemos palabras para la gente que
niega la validez de esas pseudodisciplinas. En el mismo sentido, «ateísmo» es un
término que no debería existir. El ateísmo no es más que el ruido que la gente razonable
hace cuando se topa con el dogma religioso. El ateo es simplemente una persona que
cree que los 260 millones de estadounidenses (el 87% de la población) que dicen no
tener dudas sobre la existencia de Dios deberían estar obligados a presentar pruebas de
su existencia, e incluso, de su benevolencia, dada la imparable destrucción de seres
humanos inocentes de la que somos testigos a diario.
Nada más que el ateo advierte cuán sorprendente es nuestra situación: la mayor parte de
los nuestros cree en un Dios que, bajo todo concepto, es igual de fantástico que los
dioses del Olimpo; nadie, sea cuales fueren sus capacidades, puede ocupar un cargo
público en los Estados Unidos sin suponer que ese Dios existe; y muchas de las cosas
que pasan en la política pública en este país se deben a tabúes religiosos y
supersticiones propias de una teocracia medieval. Nuestra realidad es abyecta,
indefendible y horrorosa. Sería graciosa, si las consecuencias no fuesen tan graves.
Vivimos en un mundo donde todas las cosas, buenas y malas, acaban destruidas por el
cambio. Los padres pierden a sus hijos y los hijos a sus padres. Los maridos y esposas
se separan por un instante, y nunca se vuelven a ver. Los amigos se despiden con prisa,
sin saber que será la última vez que lo hagan. Esta vida, cuando se la mira en su
totalidad, se aparece como poco más que un vasto drama de la pérdida. La mayoría de
las personas, sin embargo, imaginan que hay una cura para esto. Si vivimos
correctamente –ni siquiera éticamente, sino dentro de los parámetros de ciertas
creencias antiguas y conductas esterotipadas– obtendremos todo lo que queramos
después de que hayamos muerto. Cuando caigan finalmente nuestros cuerpos,
simplemente nos desharemos de nuestro lastre corporal y viajaremos a una tierra en la
que nos reuniremos con todos los que amamos cuando estábamos vivos. Por supuesto,
la gente demasiado racional y demás chusma quedará excluida de este sitio feliz, y
aquéllos que suspendieron su increencia mientras vivían serán libres para disfrutar de sí
mismos por toda la eternidad.
Vivimos en un mundo de sorpresas inimaginables –desde la energía de fusión que
irradia el sol a la genética y las consecuencias evolutivas de estas luces que bailan por
eones desde el Oriente– y todavía el Paraíso conforma a nuestros intereses más
superficiales con la comodidad de un crucero por el Caribe. Esto es asombrosamente
extraño. Alguien no lo conociera pensaría que el hombre, en su miedo a perder todo lo
que ama, ha creado el cielo, junto con su Dios guardián, a su imagen y semejanza.
Considérese la destrucción que el huracán Katrina dejó en Nueva Orléans. Más de un
millar de personas murieron, decenas de miles perdieron todas sus posesiones terrenas y
cerca de un millón fueron desposeídas de su hogar. Con seguridad, se puede decir que
casi todos los que vivían en Nueva Orléans en el momento del desastre del Katrina creía
en un Dios omnipotente, omnisciente y compasivo. ¿Pero qué estaba haciendo Dios
mientras un huracán devastaba su ciudad? Seguro que oía la plegarias de los viejos y las
mujeres que huían de la inundación hacia la seguridad de sus azoteas, sólo para terminar
ahogándose más lentamente. Eran personas de fe. Eran buenos hombres y mujeres que
habían rezado durante todas sus vidas. Sólo el ateo ha tenido el coraje de admitir lo
obvio: esa pobre gente murió hablándole a un amigo imaginario.
Claro, había advertencias de que una tormenta de proporciones bíblicas sacudiría Nueva
Orléans, y el la respuesta humana al desastre posterior fue trágicamente ineficaz. Pero
fue ineficaz sólo bajo la luz de la ciencia. Los indicios del avance del Katrina fueron
sacados de la muda Naturaleza mediante cálculos meteorológicos e imágenes satelitales.
Dios no le cuenta a nadie sus planes. De haberse confiado los residentes de Nueva
Orléans en la caridad del Señor, no se habrían enterado de que un huracán asesino se
abatiría sobre ellos hasta que hubieran sentido las primeras ráfagas del viento sobre sus
rostros. A pesar de todo, según una encuesta del Washington Post, un 80% de los
sobrevivientes del Katrina aseguraban que el suceso había reforzado su fe en Dios.
Mientras el Katrina devoraba Nueva Orléans, cerca de mil peregrinos chiítas morían al
derribarse un puente en Iraq. No caben dudas de que esos peregrinos creían
poderosamente en el Dios del Corán: sus vidas estaban organizadas alrededor del hecho
indubitable de su existencia; sus mujeres caminaban con el rostro velado delante de él;
sus hombres se mataban regularmente unos a otros en nombre de interpretaciones
enfrentada de su palabra. Sería de destacar si un solo de los sobrevivientes de esta
tragedia perdiera su fe. Lo más probable es que los sobrevivientes imaginen que han
sido resguardados por la gracia de Dios.
Sólo el ateo reconoce el infinito narcisismo y el autoengaño de los que se salvaron. Sólo
el ateo comprende cuán moralmente despreciable es que los sobrevivientes de una
catástrofe se crean salvados por un Dios amoroso mientras que este mismo Dios
ahogaba a los niños en sus cunas. Debido a que se niega a tapar la realidad del
sufrimiento del mundo con el disfraz de una fantasía de vida eterna, el ateo siente hasta
en los huesos cuán preciosa es la vida, y al mismo tiempo cuán desafortunados sos esos
millones de seres humanos que sufren el más terrible ataque a su felicidad sin ninguna
razón valedera.
Uno se pregunta cuán vasta y gratuita tiene que ser una castástrofe para que alcance a a
sacudir la fe del mundo. El Holocausto no lo consiguió. Tampoco lo habría hecho el
genocidio en Ruanda, ni aunque sus perpetradores fuesen sacerdotes armados con
machetes. Quinientos millones de personas murieron de viruela durante el siglo XX,
casi todos niños. Los caminos de Dios son, sin duda, inescrutables. Pareciera que
cualquier hecho, no importa cuán infeliz sea, puede ser compatible con la fe religiosa.
En materia de fe, hemos decidido no tener los pies en la Tierra.
Por supuesto, la gente de fe asegura que Dios no es responsable del sufrimiento de la
humanidad. Pero, ¿cómo podemos entender que se afirme que Dios es a la vez
omnisciente y omnipotente? No hay otro modo, y es tiempo de que los seres humanos
razonables lo asuman. Es el viejo problema de la teodicea, claro, y deberíamos
considerarlo resuelto. Si Dios existe, pues no puede hacer nada por detener las más
descomunales calamidades o no le importa hacerlo. Dios, por consiguiente, o es
impotente o es malvado. Los lectores piadosos ejecutarán ahora la siguiente pirueta:
Dios no puede ser juzgado por las simples reglas humanas de moralidad. Pero,
obviamente, las simples reglas humanas de moralidad son precisamente las que primero
usan los fieles para establecer la bondad de Dios. Y cualquier Dios que se preocupara
por algo tan trivial como un matrimonio gay o el nombre por el que debe ser
mencionado en una plegaria, no es tan inescrutable después de todo. Si existiera, el Dios
de Abraham no sería solamente indigno de la inmensidad de la creación, sería indigno
de cualquier hombre.
Hay otra posibilidad, claro, y es la más razonable y la más odiosa: el Dios de la Biblia
es una ficción. Como Richard Dawkins ha observado, todos somos ateos con respecto a
Zeus y a Thor. Sólo el ateo ha concluido que el dios bíblico no es diferente.
Consecuentemente, sólo el ateo es lo suficientemente compasivo como para tomarse en
serio la hondura del sufrimiento mundial. Es terrible que todos vayamos a morir y
perder cada cosa que amamos; es doblemente terrible que tantos seres humanos sufran
sin necesidad mientras viven. Buena parte de ese sufrimiento puede ser directamente
atribuido a la religión –a los odios religiosos, las guerras religiosas, las ilusiones
religiosas (religious delusions) y las diversiones religiosas de escasos recursos–, y es lo
que convierte al ateísmo en una necesidad moral e intelectual. Es una necesidad, de
todos modos, que el desplaza al ateo hacia los márgenes de la sociedad. El ateo, por el
mero hecho de estar en contacto con la realidad, termina lleno de vergüenza al no tener
relación con la vida de fantasía de sus vecinos.
La naturaleza de la creencia
Según varias encuestas recientes, el 22 % de los americanos están totalmente
convencidos de que Jesús volverá a la Tierra algún día de los próximos 50 años. Otro
22% cree que lo anterior es bastante probable. Seguramente este mismo 44 % de
americanos son los que van a la iglesia una vez por semana o más, que creen
literalmente que Dios prometió la tierra de Israel a los judíos, y que quieren prohibir la
enseñanza del hecho biológico de la evolución a nuestros hijos. Como bien sabe el
Presidente George W. Bush, los creyentes de esta categoría constituyen el segmento
más cohesionado y motivado del electorado americano. Por consiguiente, sus opiniones
y prejuicios influyen en casi todas las decisiones de importancia nacional. Los políticos
liberales parecen haber extraído una lección incorrecta de estos acontecimientos y han
vuelto su mirada hacia las Escrituras, preguntándose cómo podrían congraciarse con las
legiones de hombres y mujeres de nuestro país que votan en gran parte basándose en el
dogma religioso. Más del 50 % de los americanos tiene una opinión «negativa» o
«sumamente negativa» de la gente que no cree en Dios; el 70 % piensa que es muy
importante que los candidatos a la presidencia sean «firmemente religiosos». La
irracionalidad se encuentra ahora en ascenso en los Estados Unidos: en nuestras
escuelas, en nuestros tribunales y en cada rama del gobierno federal. Sólo el 28 % de los
americanos cree en la evolución; el 68 % cree en Satán. Una ignorancia de tal calibre,
concentrada tanto en la cabeza como en el vientre de una superpotencia sin rival,
representa actualmente un problema para el mundo entero.
Aunque sea bastante fácil para la gente de buen tono criticar el fundamentalismo
religioso, la llamada «moderación religiosa» todavía disfruta de un prestigio
considerable en nuestra sociedad, incluso dentro de la torre de marfil. Lo anterior resulta
irónico, ya que los fundamentalistas tienden a hacer un uso de sus cerebros más basado
en principios que los «moderados». Aunque los fundamentalistas justifiquen sus
creencias religiosas con pruebas y argumentos extraordinariamente pobres, al menos
intentan dar una justificación racional. Los moderados, en cambio, generalmente no
hacen más que citar las consecuencias benéficas de la creencia religiosa. En lugar de
decir que creen en Dios porque ciertas profecías bíblicas se han cumplido, los
moderados dirán que ellos creen en Dios porque esta creencia «da sentido a sus vidas».
Cuando un tsunami mató a cien mil personas el día siguiente al de Navidad, los
fundamentalistas interpretaron fácilmente este cataclismo como una prueba de la ira de
Dios. Al parecer, Dios había enviado otro mensaje oblicuo a la humanidad sobre los
males del aborto, la idolatría y la homosexualidad. Aunque moralmente obscena, esta
interpretación de los acontecimientos es hasta cierto punto razonable, aceptando
determinadas suposiciones (absurdas). Los moderados, en cambio, rechazan extraer
cualquier conclusión sobre Dios a partir de sus obras. Dios sigue siendo un perfecto
misterio, una mera fuente de consuelo que es compatible con la existencia del mal más
desolador. Ante desastres como el tsunami asiático, la piedad liberal es apta para
producir las más afectadas y pasmosas tonterías imaginables. Así y todo, los hombres y
mujeres de buena voluntad prefieren habitualmente tales vacuidades a la moralización y
profetización odiosas de los creyentes auténticos. Ante las catástrofes, sin duda es una
virtud de la teología liberal que ésta enfatice la piedad sobre la ira. Vale la pena señalar,
sin embargo, que es la piedad humana lo que se revela –no la de Dios– cuando los
cuerpos hinchados de los muertos son devueltos por el mar. Cuando miles de niños son
arrancados simultáneamente de los brazos de sus madres y ahogados en el mar durante
días, la teología liberal debe revelarse como lo que es –el más vacuo y estéril de los
pretextos mortales. Incluso la teología de la ira tiene más mérito intelectual. Si Dios
existe, su voluntad no es inescrutable. Lo único inescrutable en estos hechos terribles es
que hombres y mujeres neurológicamente sanos puedan creer lo increíble y pensar que
esto es la cumbre de la sabiduría moral.
Es completamente absurdo sugerir, como hacen los religiosos moderados, que un ser
humano racional pueda creer en Dios simplemente porque esta creencia le hace feliz,
porque alivia su miedo a la muerte o porque otorga sentido a su vida. La absurdidad se
hace obvia en el momento en que cambiamos la noción de Dios por alguna otra
proposición de consuelo: imaginemos, por ejemplo, que un hombre desea creer que
existe un diamante enterrado en algún lugar de su patio trasero, y que este diamante es
del tamaño de un refrigerador. Sin duda, se sentirá extraordinariamente bien al creer
esto. Imaginemos qué pasaría entonces si ese hombre siguiera el ejemplo de los
religiosos moderados y mantuviera dicha creencia en términos pragmáticos: cuando se
le pregunta por qué piensa que hay un diamante en su patio trasero y que además ese
diamante es miles de veces mayor que ningún otro que haya sido descubierto, el hombre
dice cosas como las siguientes: «Esta creencia da sentido a mi vida», o «Mi familia y yo
disfrutamos cavando para encontrarlo los domingos», o «Yo no querría vivir en un
universo donde no hubiera un diamante enterrado en mi patio trasero y que fuera del
tamaño de un refrigerador». Claramente estas respuestas son inadecuadas. Pero son
peores que eso. Son las respuestas de un loco o de un idiota.
Aquí podemos ver por qué la apuesta de Pascal, el «salto de fe» de Kiergegaard y otros
esquemas epistemológicos fideístas no tienen el menor sentido. Creer que Dios existe es
creer que uno se encuentra en alguna relación con su existencia, tal que dicha existencia
es ella misma la razón de la creencia de uno. Debe haber alguna conexión causal, o al
menos una apariencia de ésta, entre el hecho en cuestión y la aceptación de ese hecho
por parte de la persona. De este modo, podemos ver que las creencias religiosas, para
ser creencias sobre cómo es el mundo, deben ser tan probatorias en el ámbito del
espíritu como en cualquier otro ámbito. Pese a todos sus pecados contra la razón, los
fundamentalistas religiosos entienden lo anterior; los moderados –casi por definición–
no lo entienden en absoluto.
La incompatibilidad entre la razón y la fe ha sido un rasgo evidente de la cognición
humana y del discurso público durante siglos. Una persona debe tener buenas razones
para sostener firmemente lo que cree o lo que no cree. Las personas de todos los credos
generalmente reconocen la primacía de las razones, y recurren al razonamiento y a las
pruebas siempre que pueden. Cuando la indagación racional apoya el credo, aquélla
siempre es defendida; cuando representa una amenaza, es ridiculizada, a veces en la
misma frase. Sólo cuando las pruebas favorables a una doctrina religiosa son escasas o
inexistentes, o hay una evidencia aplastante en su contra, sus defensores invocan la
«fe». Es decir, los fieles simplemente citan los motivos para defender sus creencias (por
ejemplo, «el Nuevo Testamento confirma las profecías del Antiguo testamento», «yo vi
la cara de Jesús en una ventana», «rezamos, y el cáncer de nuestra hija comenzó a
retroceder»). Tales razones son generalmente inadecuadas, pero son mejores que
ninguna razón en absoluto. La fe no es más que la licencia que la gente religiosa se
otorga a sí misma para seguir creyendo cuando las razones fallan. En un mundo
fragmentado por creencias religiosas incompatibles entre sí, en una nación que se
encuentra cada vez más sometida a concepciones propias de la Edad de Hierro acerca de
Dios, el final de la historia y la inmortalidad del alma, esta lánguida división de nuestro
discurso en asuntos de razón y asuntos de fe es sencillamente inadmisible.
La fe y la sociedad buena
La gente de fe afirma regularmente que el ateísmo es responsable de algunos de los
crímenes más espantosos del siglo XX. Aunque sea cierto que los regímenes de Hitler,
Stalin, Mao y Pol Pot eran irreligiosos en diversos grados, no eran especialmente
racionales. De hecho, sus declaraciones públicas eran poco más que letanías de
ilusiones: ilusiones sobre la raza, la identidad nacional, la marcha de la historia o los
peligros morales del intelectualismo. En muchos sentidos, la religión fue directamente
culpable incluso en estos casos. Consideremos el Holocausto: el antisemitismo que
construyó pieza a pieza los crematorios nazis era una herencia directa del cristianismo
medieval. Durante siglos, los alemanes religiosos habían visto a los judíos como la peor
especie de herejes, y habían atribuido todos los males sociales a su presencia continuada
entre los fieles. Mientras en Alemania el odio a los judíos se expresaba de un modo
predominantemente secular, la demonización religiosa de los judíos continuó existiendo
en Europa. (El propio Vaticano perpetuó el libelo de la sangre en sus publicaciones, en
una fecha tan tardía como 1914.)
Auschwitz, el Gulag y los campos de la muerte no son ejemplos de lo que ocurre
cuando la gente se hace demasiado crítica con las creencias injustificadas; al contrario,
estos horrores son un testimonio de los peligros que conlleva el no pensar lo bastante
críticamente sobre ideologías seculares específicas. Por supuesto, un argumento racional
contra la fe religiosa no es un argumento para abrazar ciegamente el ateísmo como
dogma. El problema expuesto por el ateo no es otro que el problema del dogma mismo
(del que toda religión participa en grado extremo). No existe ninguna sociedad en la
historia escrita que haya sufrido porque su gente se volviera demasiado razonable.
Aunque la mayor parte de los americanos creen que deshacerse de la religión es un
objetivo imposible, la mayor parte del mundo desarrollado ya lo ha conseguido.
Cualquier relato sobre un supuesto «gen divino», el cual sería responsable de que la
mayoría de los americanos organicen desvalidamente sus vidas alrededor de antiguas
obras de ficción religiosa, debe explicar por qué tantos habitantes de otras sociedades
del Primer Mundo parecen carecer de dicho gen. El nivel de ateísmo existente en el
resto del mundo desarrollado refuta cualquier argumento según el cual la religión es de
algún modo una necesidad moral. Países como Noruega, Islandia, Australia, Canadá,
Suecia, Suiza, Bélgica, Japón, Países Bajos, Dinamarca y el Reino Unido se encuentran
entre las sociedades menos religiosas de la Tierra. Según el Informe de Desarrollo
Humano 2005 de las Naciones Unidas, dichos países son también los más sanos, como
indican las medidas de esperanza de vida, alfabetismo adulto, ingresos per cápita,
desarrollo educativo, igualdad entre sexos, tasa de homicidios y mortandad infantil. A la
inversa, las 50 naciones que ahora se encuentran en el escalafón más bajo en términos
de desarrollo humano son fuertemente religiosas. Otros análisis reflejan la misma
situación: los Estados Unidos son únicos entre las democracias ricas por su nivel de
fundamentalismo religioso y por su oposición a la teoría evolutiva; también son únicos
por las altas tasas de homicidio, abortos, embarazos de adolescentes, casos de SIDA y
mortandad infantil. La misma comparativa es cierta dentro del territorio de los Estados
Unidos: los Estados del Sur y del Medio Oeste, caracterizados por los niveles más altos
de superstición religiosa y de hostilidad hacia la teoría evolutiva, están especialmente
afectados por los mencionados indicadores de disfunción social, mientras que los
estados relativamente seculares del Noreste se conforman más a los estándares
europeos. Desde luego, los datos correlacionales de este tipo no resuelven las cuestiones
de causalidad –la creencia en Dios puede conducir a la disfunción social; la disfunción
social puede dar lugar a la creencia en Dios; cada factor puede fomentar el otro; o bien
ambos factores pueden surgir de alguna fuente más profunda de disfuncionalidad.
Dejando aparte la cuestión de la causa y el efecto, estos hechos demuestran que el
ateísmo es absolutamente compatible con las aspiraciones básicas de una sociedad civil;
también demuestran, de manera concluyente, que la fe religiosa no hace nada para
asegurar la salud y el bienestar de una sociedad.
Los países con altos niveles de ateísmo también son los más caritativos en términos de
prestación de ayuda extranjera al mundo en desarrollo. El dudoso eslabón existente
entre el fundamentalismo cristiano y los valores cristianos también es refutado por otros
índices de caridad. Consideremos la proporción entre los salarios de los altos ejecutivos
y los salarios de los empleados medios: en Gran Bretaña es de 24 a 1; en Francia, de 15
a 1; en Suecia, de 13 a 1; en los Estados Unidos, donde el 83 % de la población cree que
Jesús literalmente resucitó de entre los muertos, es de 475 a 1. Parece que aquí muchos
camellos esperan entrar fácilmente por el ojo de una aguja.
La religión como fuente de violencia
Uno de los mayores desafíos afrontados por la civilización en el siglo XXI es que los
seres humanos aprendan a hablar sobre sus intereses personales más profundos –sobre
la ética, la experiencia espiritual y la inevitabilidad del sufrimiento humano– de un
modo que no sea flagrantemente irracional. Nada obstaculiza más el camino de este
proyecto que el respeto que concedemos a la fe religiosa. Doctrinas religiosas
incompatibles han balcanizado nuestro mundo en comunidades morales separadas –
cristianos, musulmanes, judíos, hindúes, etc.– y estos desacuerdos se han convertido en
una fuente continua de conflicto humano. Ciertamente, la religión es hoy en día una
fuente activa de violencia, tanto como lo fue en cualquier momento del pasado. Los
conflictos recientes en Palestina (judíos contra musulmanes), los Balcanes (serbios
ortodoxos contra croatas católicos; serbios ortodoxos contra musulmanes bosnios y
albaneses), Irlanda del Norte (protestantes contra católicos), Cachemira (musulmanes
contra hindúes), Sudán (musulmanes contra cristianos y animistas), Nigeria
(musulmanes contra cristianos), Etiopía y Eritrea (musulmanes contra cristianos), Sri
Lanka (budistas cingaleses contra hindúes tamiles), Indonesia (musulmanes contra
cristianos timoreses), Irán e Irak (musulmanes chiítas contra musulmanes sunníes), y
Cáucaso (rusos ortodoxos contra musulmanes chechenos; musulmanes azerbaijanos
contra armenios católicos y ortodoxos) son simplemente algunos ejemplos. En estos
lugares, la religión ha sido la causa explícita de literalmente millones de muertos en los
últimos 10 años.
En un mundo dividido por la ignorancia, sólo el ateo se niega a rechazar lo evidente: la
fe religiosa promueve la violencia humana a un nivel asombroso. La religión inspira la
violencia en al menos dos sentidos: (1) a menudo las personas matan a otros seres
humanos porque creen que el Creador del Universo quiere que así lo hagan (el corolario
psicopático inevitable es que tal acto les asegurará una eternidad de felicidad después de
la muerte). Los ejemplos de este tipo de comportamiento son prácticamente
innumerables, siendo el más destacado el de los terroristas suicidas jihadistas. (2) Un
número cada vez mayor de personas se encuentran inclinadas hacia el conflicto
religioso, simplemente porque su religión constituye el corazón de sus identidades
morales. Una de las patologías duraderas de la cultura humana es la tendencia a educar a
los niños en el temor y a demonizar a otros seres humanos en base a la religión. Muchos
conflictos religiosos que parecen motivados por intereses terrenales son, por lo tanto, de
origen religioso. (Los irlandeses lo saben muy bien.)
A pesar de todos estos hechos innegables, los religiosos moderados tienden a
imaginarse que el conflicto humano siempre puede reducirse a la carencia de educación,
a la pobreza o a los agravios políticos. Ésta es una de las muchas ilusiones de la piedad
liberal. Para disiparla, sólo tenemos que pensar en el hecho de que los secuestradores
del 11-S eran universitarios de clase media-alta que no tenían ninguna historia conocida
de opresión política. Sin embargo, habían pasado una cantidad de tiempo excesiva en su
mezquita local, oyendo hablar de la depravación de los infieles y de los placeres que
esperan a los mártires en el Paraíso. ¿Cuántos arquitectos e ingenieros aeronáuticos
deberán volver a estrellarse contra una pared a 400 millas por hora, antes de que
admitamos que la violencia jihadista no es un asunto de educación, política o pobreza?
La verdad, bastante asombrosa, es la siguiente: una persona puede ser tan culta e
instruída como para construir una bomba nuclear, y así y todo creer que obtendrá a 72
vírgenes en el Paraíso para toda la eternidad. Tal es la facilidad con que la mente
humana puede ser alienada por la fe, y tal es el grado de acomodación de nuestro
discurso intelectual a la ilusión religiosa. Sólo el ateo ha observado lo que ahora debería
ser evidente para todo ser humano pensante: si queremos desarraigar las causas de la
violencia religiosa debemos desarraigar las falsas certezas de la religión .
¿Por qué la religión es una fuente tan poderosa de violencia humana?
Nuestras religiones son intrínsecamente incompatibles entre sí. Jesús resucitó de entre
los muertos y volverá a la Tierra como un superhéroe, o no; el Corán es la palabra
infalible de Dios, o no lo es. Cada religión hace afirmaciones explícitas sobre cómo es
el mundo, y la profusión abrumadora de estas afirmaciones incompatibles –que además
son dogmas de fe obligatorios para todos los creyentes– crea una base duradera para el
conflicto.
No hay ninguna otra esfera del discurso en la que los seres humanos articulen de manera
tan clara sus diferencias mutuas, o en la que expresen estas diferencias en términos de
recompensas y castigos eternos. La religión es la única realidad humana en la que el
pensamiento nosotros-ellos alcanza una importancia trascendente. Si una persona cree
realmente que llamar a Dios por su nombre correcto puede marcar la diferencia entre la
felicidad eterna y el sufrimiento eterno, entonces se hace bastante razonable tratar con
rudeza a los herejes e incrédulos. Hasta puede ser razonable matarlos. Si una persona
piensa que hay algo que otra persona puede decirles a sus hijos que podría poner en
peligro sus almas para toda la eternidad, entonces el vecino hereje es en realidad mucho
más peligroso que el más sádico violador infantil. Los estigmas de nuestras diferencias
religiosas son enormemente más pronunciados que los nacidos del mero tribalismo, del
racismo o de la política.
La fe religiosa es un poderoso obstáculo al diálogo. La religión no es más que el área de
nuestro discurso donde las personas se protegen sistemáticamente de la exigencia de
aportar pruebas en defensa de sus creencias firmememente sostenidas. Así y todo, estas
creencias de las personas a menudo determinan para qué viven, para qué morirán, y –
demasiado a menudo– para qué matarán. Éste es un problema muy grave, porque
cuando los estigmas diferenciales son muy pronunciados los seres humanos sólo
encuentran una opción entre el diálogo y la violencia. Sólo una buena voluntad
fundamental de ser razonable –de manera que nuestras creencias sobre el mundo sean
revisadas por nuevas pruebas y nuevos argumentos– puede garantizar que sigamos
hablando entre nosotros. La certeza sin pruebas es necesariamente divisoria y
deshumanizadora. Aunque no existe ninguna garantía de que la gente racional siempre
vaya a ponerse de acuerdo, indudablemente la gente irracional siempre estará dividida
por sus dogmas. Parece sumamente improbable que podamos curar los desacuerdos
existentes en nuestro mundo simplemente multiplicando las ocasiones para el diálogo
interconfesional.
El objetivo de la civilización no puede ser la tolerancia mutua ni la irracionalidad
manifiesta. Aunque todos los partidarios del discurso religioso liberal han acordado
pasar de puntillas por aquellos puntos en los que sus visiones del mundo chocan
frontalmente, estos mismos puntos seguirán siendo fuentes de conflicto perpetuo para
sus correligionarios. La corrección política, por lo tanto, no ofrece una base duradera
para la cooperación humana. Si la guerra religiosa debe hacerse inconcebible para
nosotros, del mismo modo que ya lo son la esclavitud y el canibalismo, es
absolutamente necesario prescindir de todos los dogmas de fe.
Cuando tenemos razones para creer lo que creemos, no tenemos ninguna necesidad de
fe; cuando no tenemos ninguna razón, o sólo tenemos malas razones, hemos perdido
nuestra conexión con el mundo y con los seres humanos. El ateísmo no es sino un
compromiso con el nivel más básico de honestidad intelectual: las convicciones de una
persona deberían ser proporcionales a sus pruebas. Pretender estar seguro de algo
cuando no se está –en realidad, pretender estar seguro sobre proposiciones para las que
ni siquiera es concebible prueba alguna– es un defecto tanto intelectual como moral.
Sólo el ateo ha comprendido esto. El ateo es simplemente una persona que ha percibido
la mentira de la religión y que ha rechazado convertirla en una mentira propia.
by José Luis Aguilar | Feb 8, 2009 | Noticias Paranormales y Curiosas, Sin Categoría
07.02.09 | 12:51 h. INFORMATIVOS TELECINCO/AGENCIAS
En nuestra galaxia puede haber entre 361 y 38.000 civilizaciones inteligentes. Lo asegura una investigación recientemente publicada en la Revista Internacional de Astrobiología (International Journal of Astrobiology). El estudio, de la Universidad de Edimburgo, revela que el hallazgo de unos 330 planetas ha ayudado a calcular el número de formas de vida que probablemente existan, aunque adelanta de las pocas probabilidades de entrar en contacto con estos mundos extraterrestres.
El profesor Duncan Forgan, de la Universidad de Edimburgo, en Reino Unido, que los más de 300 planetas descubiertos en los últimos años ha permitido depurar el número de formas de vida que es probable que existan.
Esta no es la primera vez que los científicos especulan sobre la probabilidad de vida inteligente en el universo, según lo que publica la BBC Mundo.
Estos cálculos son parte de una estimación aproximada. “Durante más de 50 años hemos estado descubriendo planetas fuera de nuestro sistema solar” dijo a la BBC el profesor Forgan.
“Hasta ahora hemos descubierto 339 planetas individuales, pero la cifra aumenta diariamente”. Lo que hicieron los investigadores fue crear un modelo computacional de una galaxia muy semejante a la nuestra.
Esto les permitió desarrollar sistemas solares basados en la información que se conoce sobre la existencia de los llamados exoplanetas que se han descubierto en galaxias vecinas.
Estos mundos extraterrestres simulados fueron después sujetos a numerosos escenarios distintos. Por ejemplo, en uno se asumió que es difícil que se forme vida pero es fácil que ésta evolucione.
Y con esto se encontró que podría haber 361 civilizaciones inteligentes en esa galaxia. Un segundo escenario asumió que se puede formar vida fácilmente pero habría muchos problemas para desarrollar inteligencia.
Bajo estas condiciones los investigadores calcularon que pueden existir 31.513 formas de vida. El último escenario analizó la posibilidad de que la vida podría pasar de un planeta a otro durante colisiones de asteroides, que es una teoría popular sobre la forma como se formó la vida en la Tierra.
Y este enfoque dio como resultado la existencia de 37.964 civilizaciones inteligentes.
Las principales incógnitas
El principal obstáculo es que “en realidad no sabemos cómo comenzó la vida”, ha afirmado el profesor Forgan.
El científico cree que si se logra aclarar este hecho este modelo podría aplicarse a los planetas parecidos a la Tierra. A pesar de esto, hay muchas variables que siguen siendo sólo estimaciones aproximadas.
Por ejemplo, el tiempo desde que se formó un planeta hasta el momento en que apareció la primer destello de vida y de ahí hasta surgió la primera civilización inteligente.
Todas estas son hasta ahora variables aproximadas. El profesor Forgan afirma que para sus cálculos han asumido que la Tierra es el planeta promedio. “Por supuesto que todavía hay un elemento de incertidumbre”, dice el científico.
Y aún si existiera vida en otros planetas, explica el científico, eso no necesariamente significa que podamos hacer contacto con ellos porque no sabemos cómo sería esa forma de vida.
“Porque al final, a pesar de todo lo que decimos sobre la vida, hasta ahora solo tenemos una sola referencia, que es el planeta Tierra”.ZA
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