by PGH | Feb 15, 2011 | Opinión sobre Religión y Ateísmo
Las respuestas tópicas del catolicismo español
Al abordar la problemática del SIDA desde una perspectiva “moral”, el discurso de la Iglesia acerca de esta pandemia se ha agotado en la reiteración de unas preceptivas que apuntan a regular y restringir, ideológicamente, la consumación del contacto sexual. Es por ello que, pese a sus pretensiones, la Iglesia no tiene nada sanitariamente relevante que decir acerca de la prevención de del SIDA.
No debe extrañar, pues, que la acción de tantos católicos se halle escindida entre un encomiable asistencialismo y una irresponsable difusión de propaganda pseudocientífica que entorpece la lucha contra el VIH y contribuye, indirecta aunque objetivamente, a su propagación. Atrapada en esta contradicción, la Iglesia se vuelca en el cuidado y tratamiento de los enfermos, pero no deja de proponer a la Humanidad algo tan suicida y descabellado como el abandono del condón (un dispositivo de probada utilidad que ofrece una barrera física a los efectos no deseados del contacto sexual); ofreciendo, en contrapartida, un decálogo moral de incierto poder persuasivo y de probada ineficacia disuasoria ante las pulsiones de la libido.
Esta postura, reiterada por Benedicto XVI al inicio de su gira africana de 2009 provocó, como hemos visto, conflictos diplomáticos e innumerables polémicas y debates en todo el mundo. En España, donde el neointegrismo ha liderado, desde 2004, la radicalización ideológica y la movilización social del conservadurismo católico, el musculoso aparato de comunicación de la Iglesia se volcó, con algo de retraso [1], en una cerrada defensa del Pontífice. Esta defensa involucró una enfática reafirmación de los dichos del Papa sostenida, en parte, en base a unos “recursos” polémicos (argumentarios, datos y documentación antigua, manipulada o tergiversada)distribuidos por la Iglesia o diversas instituciones vinculadas a ella; y, en parte, a fuerza de pura convicción y fidelidad.
En un principio se intentó desactivar la polémica asumiendo una pose de desgano y fastidio ante lo que parecía un escándalo artificial suscitado por unos dichos completamente ajustados a la doctrina tradicional y suficientemente conocida de la Iglesia. Paralelamente a este tipo de respuestas, se intentó persuadir a la opinión pública de que las palabras del Papa eran, en realidad simples recomendaiones morales dirigidas solo a los católicos y que, por lo tanto, estando privadas de cualquier pretensión rectora o coactiva, no merecían esta desemplada recepción por parte de gobiernos, científicos, cooperantes y médicos [2].
Demás está decir que estos intentos de minimizar el alcance de las declaraciones del Papa, trasformándolas en una exposición rutinaria de la doctrina o en una intervención estrictamente pastoral, no resultaron demasiado eficaces. Guste o no, es un hecho palpable que los pronunciamientos públicos del líder natural de una poderosaEcclesia que controla multitud de instituciones abocadas a la acción apostólica, social, sanitaria, pedagógica, mediática, propagandística y política en todo el mundo [3], poseen múltiples efectos globales que no solo impactan en la vida espiritual de sus correligionarios, sino que también repercuten en la vida civil y política de los pueblos occidentales y, en menor medida, en los de otras civilizaciones.
Ante el fracaso de aquellas respuestas reflejas, la tensión del debate fue subiendo de tal manera que llegaría a verse en TV como un notorio publicista de la derecha católica afirmaba, con total desparpajo e impunidad, que en realidad eran los repartidores de condones los que creaban el SIDA [4]. Con todo, no sería del todo adecuado recopilar las intervenciones católicas de aquellas jornadas como si se trataran de respuestas puramente espontáneas, cuando en realidad a poco que se observen y analicen estos materiales, puede vislumbrarse la existencia de una suerte de “protocolo de crisis” guiando a la mayoría de las defensas del Papa.
Consultar la hemeroteca puede revelarnos cómo, entre marzo y septiembre de 2009, la intelligetnzia católica española echó mano —al igual que en otras ocasiones— de dos intervenciones tópicas con las que se intentó solventar una situación mediática altamente comprometida. Veamos.
I.- Tergiversación
Uno de los recursos polémicos más utilizados en aquellos días consistió en denunciar la manipulación o descontextualización de las palabras del Papa con claras motivaciones ideológicas o crematísticas. Así pues, para el activismo mediático católico, el escándalo no tendría origen en los dichos mismos de Benedicto XVI, sino en su alteración maliciosa a manos de los muchos y diversos enemigos de la Iglesia.
El tópico de la tergiversación fue ampliamente utilizado tanto por cardenales, obispos y sacerdotes, como por intelectuales y comunicadores orgánicos de la Iglesia o independientes. Desde todas las tendencias y facciones del catolicismo español se denunció la alteración irresponsable o maliciosa de las palabras del Papa, hablando abiertamente de la ocultamiento, de distorsión, de mutilación, deformación, descontextualización, malinterpretación, incomprensión, deformación, oscurecimiento interesado de la verdad, cercenamiento, incomprensión, acallamiento, anatemas, lecturas prejuiciosas, desinformación, propaganda partidista, rumores, mentiras, calumnias, difamaciones, furiosas campañas antipapales, maltrato y reducción del mensaje, confusión deliberada, retorcimientos, desvirtuación, etc (Véase ANEXO I).
En muchos casos, estas denuncias de tergiversación se acompañaron de una exposición de las “verdaderas palabras” de Benedicto XVI. Esta operación de refutación y restauración, en principio sencilla, resultaría ser muy problemática para quienes deseaban, sinceramente, defender a la Iglesia de un ataque que suponían injustificado y torticero. La razón es que esta denuncia carecía, en realidad, de fundamento y que, paradójicamente, eran las referencias propias en base a las cuales se pretendía recuperar el mensaje original de Ratzinger las que habían sido alteradas.
En efecto, cuando los publicistas católicos se implicaron de lleno en el debate, se negaron, por evidentes prejuicios, a recurrir a ninguna fuente informativas fuera de las vaticanas o las insospechablemente católicas. De esta manera, nuestros intelectuales católicos no hicieron sino profundizar el desconcierto abrevando en materiales de segunda mano y difundiendo textos apócrifos publicados en papel o en la Web, por elBollettino Della Sala Stampa della Santa Sede, el Bollettino Ufficiale della Santa Sede yL’Osservatore Romano (los cuales distribuyeron, en menos de 72 horas, cinco versiones falsificadas, mutuamente contradictorias y algunas de ellas alteradas más de una vez) o reescribiendo sobre las reelaboraciones ya ofrecidas por las agencias o publicaciones católicas internacionales.
Como se podrá comprender, el generalizado intento de refutar la “manipulación mediática” y restaurar el “verdadero” mensaje papal, fracasaría por la simple razón de que las únicas alteraciones interesadas de las palabras de Ratzinger que circulaban eran las que había generado las sucesivas operaciones contra-informativas de la Oficina de Prensa del Vaticano. En su torpe intento de clausurar tempranamente el escándalo, la Iglesia generó un caos desinformativo y alentó la proliferación de más traducciones e interpretaciones libres por parte de quienes, intentando defender a Benedicto XVI desde periódicos, revistas, portales de Internet, webs y blogs, se permitieron reescribir un mensaje, ya alterado, de acuerdo con sus propias “sensibilidades”. Lejos de ofrecer un frente unido, se produjo la escisión de quienes defendían al Papa desde la más recalcitrante ortodoxia y de quienes lo hacían, por el contrario, desde una comedida heterodoxia. Algunos aceptaron la validez de las versiones que incorporaban condicionales y expresiones que moderaban sustancialmente las declaraciones reales de Benedicto XVI y que le hacían decir cosas tales como que el flagelo del SIDA no puede solucionarse “solo distribuyendo preservativos” y que por el contrario, “existe el riesgo de aumentar el problema”. Otros, por el contrario, recurrieron a la doctrina y a la guía del jesuita Francisco Lombardi —el sobrepasado director de la Oficina de Prensa del Vaticano— y del filólogo Giovanni Maria Vian —director de L’Osservatore Romano— para “iluminar” las opacidades de las declaraciones del pontífice, dejando intactas las condenas al condón y corrigiendo el significativo error que cometiera Ratzinger al hablar de “preservativos” en vez de “profilácticos”.
Así, pues, en aquellas jornadas no sólo se puso en evidencia la absoluta falta de escrúpulos de la Santa Sede a la hora de propagar mentiras a escala global, sino también la vocación propagandista o la pueril credulidad de un amplísimo conjunto de informadores que consumieron y propagaron la intoxicación, ora sabiendas, ora sin haber efectuado corroboración alguna. El arco de medios involucrados en este despropósito fue amplísimo, sobre todo en los primeros días, afectando tanto a bitácoras personales como a centenarias cabeceras de la prensa periódica, como La Vanguardia. Pero si esto ya era grave 24 o 48 horas después de los hechos, cuesta creer que, de buena fe, transcurridos seis meses, se continuara reincidiendo en la tesis de la tergiversación interesada e intentando fijar una versión falsa de las palabras del Papa, como hiciera la COPE en su desafortunado cierre del caso [5].
II.- Victimización y Descalificación
Tras la tramitación de propuestas de reprobación del Papa en las cámaras legislativas de Bélgica y en el Parlamento Europeo, en España tomó estado público una proposición no-de-ley de similar contenido presentada por el diputado Joan Herrera (ICV) y secundada por el diputado Gaspar Llamazares (IU). Desde ese momento, lo perentorio pasó a ser, para buena parte de la intelligentzia católica, defender la “libertad de expresión” del Benedicto XVI; descalificar a los críticos; y negar la jurisdicción de los ministros, secretarios y parlamentarios para reprobar a un Jefe de Estado y líder religioso de la estatura del Santo Padre.
El demoledor peso de las refutaciones médico-científicas, la inusual censura de altos funcionarios y la posibilidad de que se generalizaran las reprobaciones parlamentarias en Europa, favorecieron el abroquelamiento defensivo de un pensamiento católico, ya proclive en España al encastillamiento y la guerra de zapa contra las políticas sociales, sanitarias y pedagógicas socialistas.
Muchos polemistas apostaron, entonces, por catalizar el desasosiego y la inquietud de la feligresía ante el creciente desprestigio del Papa, apelando al recurso de la “victimización”. Era la hora de dejar de lado las falsificaciones y las contramedidas retóricas sobre la “tergiversación” de las palabras del Papa, para confeccionar un relato que lograra conmover y movilizar a una desconcertada opinión católica. Era hora de evocar el arquetipo del mártir, tan caro a la tradición cristiana. Así se pergeñó una descabellada story en la que Benedicto XVI, un anciano sabio sin más poder que el de sus ideas, era asediado por un furibundo contubernio de políticos, científicos e intelectuales radicales, empeñados en acallar, a toda costa, su valiente testimonio en pos de la “humanización de la sexualidad”.
Se habló abiertamente de un “auto de fe inquisitorial”; de la actuación de una “nueva inquisición laica, agnóstica y malhumorada”; de denegación de la libertad de magisterio; de ridículo; de desprecio de derechos humanos fundamentales; de situación prefascista; de demagogia; de ataque a la libertad religiosa; del montaje de polémicas prefabricadas; de ataque a las convicciones morales de la mayoría de la población; de agresión a un Jefe de Estado; de sambenitos; de anatemas, humillaciones y retractaciones de estilo soviético; de obsesión anticatólica; de intolerancia pura y dura; de una arremetida de obsceno furor y repugnante cinismo; de falta de respeto; de inopia sectaria; del Papa como Ecce Homo y de su aceptación de la “naturaleza martirial” de su ministerio; de un acto impropio de una sociedad democrática; de una agresión grosera, orquestada y mal argumentada; de chantaje moral; del intento de denigrar la fe católica; del intento tiránico de imponer una cultura de la muerte; de una campaña de ataques al Santo Padre; del intento totalitario de imponer el pensamiento único; de una ofensa a millones de creyentes; de prédica catolicofóbica; de acción totalitaria; de ataque a la libertad de conciencia y de práctica totalitaria; de la pretensión de coartar la libertad religiosa para que el Estado imponga su propia religión; y de amenaza al derecho de libertad de expresión (Véase ANEXO II).
Benedicto XVI, monarca absoluto de una teocracia, difundió libremente su mensaje sirviéndose de sus propios medios de prensa, radio y TV y de un enorme conglomerado de medios confesionales que amplificaron sus palabras. Por si esto fuera poco, el mensaje papal fue retransmitido a escala planetaria, así como las sucesivas aclaraciones y enmiendas del Vaticano, por la prensa convencional, radial, televisiva y digital. Es un hecho fácilmente contrastable, pues, que no hubo censura previa, ni tampoco censura a posteriori, por lo que debemos interpretar que las denuncias en ese sentido apuntan más bien a intentar descalificar a la críticas, reprobaciones y refutaciones de las que se hiciera acreedor el Papa. Esta identificación aberrante entre crítica y agresión, entre reprobación y amordazamiento, no pasa pues de ser un recurso polémico victimizante, que suele dar coartada a virulentas respuestas cargadas de descalificaciones personales o ideológicas [6]. Estas réplicas suelen invocar, paradójicamente, la necesidad de poner límites a la libertad de expresión, para preservar a los líderes espirituales o a las doctrinas religiosas de cualquier tipo de cuestionamiento, incluyendo los artísticos y humorísticos.
Como ha podido observarse, para gran parte de la intelligentzia católica (que parece promover la extravagante trasposición del dogma católico de la “infalibilidad” ex cátedradel Papa al ámbito de sus intervenciones profanas), resulta agraviante que no se acepte universalmente la intangibilidad del Papa y de sus textos o declaraciones. La cuestión es que, en nuestras sociedades occidentales, democráticas, abiertas y pluralistas, las opiniones del Papa, como las de cualquier ser humano, se hallan sujetas a examen, controversia, enmienda y refutación públicas.
Ratzinger es, que duda cabe, un hombre inteligente pero cabe recordar que, ni lasantidad que quiera atribuírsele, ni el prestigio intelectual que posea en materia teológica, deben reflejarse en una autoridad o competencia equivalentes en materias del conocimiento científico de la naturaleza o de la sociedad. De allí que, tras haber incurrido en auténticos disparates en materias médicas y político-sanitarias (en las que es lego) el Papa recibiera, como es lógico, duras respuestas de científicos, médicos y políticos que recomiendan enfáticamente el uso del condón como una pieza clave para la prevención del SIDA, ETS y de embarazos no deseados.
El problema no ha sido, pues, de censura o menoscabo de los derechos de expresión de Joseph Ratzinger, sino de la tozuda inadaptabilidad de la Iglesia respecto de las reglas del juego de una sociedad abierta, donde existe libertad de opinión y disenso y donde las palabras de los líderes religiosos no deben ser aceptadas, sin más, por la opinión pública y especializada, como si de sentencias inapelables se tratara.
Sin embargo, mientras que otro tipo de intervenciones polémicas no lograronn los resultados esperados, el recurso de la victimización y sus agresivos corolarios, cumplieron con el objetivo de desviar radicalmente el tema sujeto a discusión, dando a los católicos tanto un punto de apoyo para rearmar su discurso, como un nuevo y movilizador objetivo: rescatar del oprobio y de la humillación pública a su vapuleado líder. Este objetivo podía ser, ciertamente, más modesto, en el orden intelectual, pero es indudable que, para la mayoría de los católicos, era más estimulante y menos problemático que el de tener que justificar, a machamartillo, unas declaraciones manifiestamente falsas, de dudosa moralidad y de imprevisibles consecuencias humanitarias.
NOTAS:
[1] Al momento de estallar el escándalo papal, la Conferencia Episcopal Española (CEE) acababa de lanzar su demagógica campaña “pro-vida” del “niño y el lince”. Véase: CEE, “La Conferencia Episcopal Española pone en marcha una campaña de comunicación con el lema ¡PROTEGE MI VIDA!”, 16-III-2009.
[2] Gádor Joya Verde, , “El Papa culpable ¿cómo no?”, en: La buena vida [Blog], 18-III-2009.
[3] Según estadísticas oficiales de la Segreteria di Stato del Vaticano —consignadas en elAnnuario Pontificio, 2009 (Roma, Libreria Editrice Vaticana, 2009) y en el Annuarium Statisticum Ecclesiae, 2007 (Roma, Libreria Editrice Vaticana, 2009)— difundidas por la agencia Zenit, la ICAR tiene más de 1.100.000.000 de fieles (bautizados); más de 400.000 sacerdotes, 700.000 religiosas, cerca de 5.000 obispos, de 36.000 diáconos; más de 50.000 religiosos no-sacerdotes; 116.000 seminaristas; aproximadamente 1.500.000 de catequistas; 250.000 misioneros laicos y administra 190.000 misiones en todo el mundo. El total de personas vinculadas a la ICAR dedicadas a actividades pastorales superan los 4.000.000. La ICAR posee más de 1.300 Universidades católicas y 400 Universidades o Facultades Eclesiásticas o Pontificias. En la actualidad, la Oficina Internacional de la Educación Católica (OIEC) cuenta con 210.000 escuelas y colegios católicos que instruyen aproximadamente a 45.000.000 de niños. Según, las instituciones católicas de asistencia y beneficencia en todo el mundo son más de 114.738 (5.246 hospitales; 17.530 dispensarios; 577 leproserías; 15.208 residencias de ancianos, incurables y discapacitados). Véase: ZENIT, “Benedicto XVI: Las universidades católicas, al servicio de la Misión de la Iglesia” (19-XI-2009); ZENIT, “Crece el número de sacerdotes diocesanos y disminuye el de religiosos” (7-V-2009), diponible; ZENIT, “Urge una asociación mundial de Centros Sanitarios católicos” (24-IV-2008); ZENIT, “Celebrada la Asamblea de la Oficina internacional de Escuelas Católicas” (30-V-2007). Consultar también el portal de la Oficina Internacional de la Educación Católica (OIEC).
[4] “J.M.de Prada: «Los repartidores de condones son los que crean el SIDA»”, Diario Ya, 23-III-2009
[5] “Lo que de verdad dijo el Papa sobre el SIDA”, COPE, 24-IX-2009.
[6] De hecho, Joan Herrera y Gaspar Llamazares fueron defenestrados como: individuos carentes de altura; favorecedores de la muerte de millones de niños y de la destrucción de la familia; minoría de cuarto y mitad; herederos ideológicos de los perseguidores de la Iglesia; representantes de un partido en extinción; ígnaros e ineptos; “tipos que no saben hacer la o con un canuto”; tontos muy tontos; comecuras; beatos laicistas; chupacirios de la parroquia solidaria; progres pagados; y precámbricos comunistas.
Fuente Original:
http://www.laicografias.com/2011/01/la-iglesia-y-la-crisis-del-preservativo.html
by PGH | Feb 14, 2011 | Opinión sobre Religión y Ateísmo
Escándalo y operaciones de prensa
La mañana del martes 17 de marzo de 2009, Benedicto XVI ofreció una breve conferencia de prensa a los reporteros que lo acompañaban a bordo del avión de Alitalia que lo llevaba a Yaundé, Camerún, la primera escala de su gira africana. Interrogado en italiano por el periodista de France 2, Philippe Visseyrias, sobre si la posición de la Iglesiarespecto de la lucha contra el SIDA no era, como se considera a menudo, irreal e ineficaz, respondió (rehusando contestar en francés como se le pidió expresamente y después de ponderar la acción asistencial de la Iglesia): “Diría que no se puede superar este problema del SIDA solo con dineros. Son necesarios, pero si no hay alma que sepa aplicarlos, no ayudan: no se puede superar con la distribución de preservativos, al revés, aumentan el problema”. Frente al error de repartir condones, Benedicto XVI afirmaría que la solución para la pandemia estaría tanto en“una humanización de la sexualidad”, como en la caridad, es decir en la “disponibilidad, también con sacrificios, con renuncias personales, para estar con los dolientes”.
Apoyándose, tácitamente, en el falso tópico del argumentario eclesiástico, según el cual el preservativo sería inútil para la prevención del SIDA, de otras las enfermedades de transmisión sexual y del embarazo no deseado (debido a supuestas porosidades del látex, escasa resistencia, deslizamientos, complejidad relativa de uso, resistencia y desafecciónmasculina, etc.) Ratzinger venía a exhortar a los políticos, las organizaciones internacionales, las ONG, los científicos y al personal sanitario que asumieran el “fracaso” de la promoción del preservativo. Fracaso que permitiría contemplar, sin prejuicios, las bondades sanitarias y morales del modelo alternativo bendecido por la Iglesia, expresado en la “fórmula” AF (AB, en inglés), remedo confesional y mutilado de la tripartita y original AFC (en inglés ABC, abstinence, be faithful & condom) contemplada como una combinatoria prometedora por la comunidad científica [1].
Por lo general las diatribas católicas contra el preservativo son prolijamente refutadas por comunicados de prensa o artículos de las ONG sumándose, solo cuando el asunto alcanza cierto relieve, las organizaciones sanitarias internacionales e instituciones o publicaciones del ámbito médico o científico. Normalmente, la polémica no sobrevive demasiado tiempo ni tampoco llega demasiado lejos. Sin embargo, en esta ocasión se desató una auténtica y perdurable tormenta, que dio lugar a lapidarias refutaciones como la de ONUSIDA-UNFPA-OMS [2]; a severas censuras y exigencias de rectificación como las del Fondo Mundial de la Lucha contra el Sida [3]; la Internacional AIDS Society (IAS)[4]; ActionAid [5]; CESIDA [6] y la de la revista médica The Lancet [7].
Más allá de lo chocante y escandaloso que pueda resultar el escuchar al pontífice ocultar el verdadero cuestionamiento de la Iglesia al preservativo (de índole moral-religioso) tras el velo de unos datos manipulados y de unos argumentos falaces acerca de su rendimiento; debe admitirse que, en rigor, Ratzinger no dijo nada acerca del condón que no hubiera sido sostenido anteriormente y hasta la saciedad por representantes de todos los estamentos de la jerarquía eclesiástica. Sin embargo, es evidente que la magnitud del escándalo fue proporcional, al inmenso daño causado por Ratzinger con sus declaraciones, las cuales reafirmaron la autoexclusión de la Iglesia del consenso trabajosamente definido por la comunidad científica, los responsables estatales del área sanitaria, las organizaciones internacionales y la amplia mayoría de las ONG, acerca de las políticas e instrumentos adecuados para prevenir la extensión el SIDA en África y en el resto del mundo.
Tal fue la virulencia de los ataques al Papa que no extraña que el 18 de marzo la Oficina de Prensa de la Santa Sede (VIS), dirigida por Federico Lombardi (en ese momento junto al Papa), intentara apagar el fuego jugando con el tópico de la “tergiversación” mediática y ofreciendo a la opinión pública una nueva “versión textual” de las palabras de Ratzinger en el della Santa Sede, que pronto se convertirían en el baturrillo de seis versiones (dos más del mismo Bollettino, una de Radio Vaticano, una de L’Osservatore Romano y una del Bollettino Ufficiale della Santa Sede) [8]. Cotejando la trascripción ofrecida por Corriere della Sera y especialmente la del video disponible en la Red que recoge la mayor parte de la respuesta de Benedicto XVI, puede verse que la declaración auténtica solo coincide con la versión extraoficial emitida por Radio Vaticano.
Al comparar la primera versión oficial/apócrifa del Bolletino della Sala Stampa… y la versión original [véase aquí un CUADRO comparativo], se pueden apreciar, claramente, tres grandes alteraciones (resaltadas en rojo) del contenido primigenio:
- se ha reemplazado la expresión “no se puede superar este problema del SIDA solo con dineros“, por la ficticia “no se puede superar este problema del SIDA solo con slogan publicitarios”. La reescritura de esta frase, hizo que fuera necesario adulterar la siguiente: [los dineros] “son necesarios, pero sin alma que sepa aplicarlos no ayudan”, por la ficticia “si los africanos no se ayudan”. Esta segunda alteración, rompe el sentido del corolario del Papa, mientras que en sus dichos originales, la distribución de preservativos ejemplificaría esa inversión de fondos sin alma que sepa aplicarlos; en la versión apócrifa la “distribución de profilácticos” aparece yuxtapuesta a la ausencia de alma y a la necesidad de que los africanos se ayuden, casi como si el Papa hubiera procedido a una enumeración caótica y no hubiera expuesto con toda claridad y coherencia un argumento;
- se ha reemplazado la palabra “preservativo” por la palabra “profiláctico”, para enmendar el “desliz” del Papa al apartarse del vocabulario syllabus eclesiástico, en el que se niega que el condón “preserve” a las personas de ETS o de embarazos no deseados;
- se ha reemplazado la expresión “al contrario, aumentan el problema” por la más matizada “al contrario, el riesgo es el de aumentar el problema”
La alteración “b” fue advertida por varios medios y la “c”, que a la postre alimentó el escándalo, fue detectada por el propio Philippe Visseyrias en France 2 y denunciada porThe Lancet, como un intento de retorcer las palabras del Papa para no asumir una necesaria rectificación.
Si somos honestos, debemos admitir que las alteraciones “b” y “c”, con ser muy significativas y reprochables, no son sustanciales, ya que deforman a través reemplazos o inserciones que matizan y modulan lo dicho, pero que no apuntan a modificar radicalmente el sentido original. Sin embargo, sólo Corriere Della Sera en su artículo “LA UE replica al Papa sui preservativi…” parece haberse percatado de la alteración “a” y casi nadie parece haber reparado, desde entonces, en la profundidad y gravedad de esta adulteración, donde la deformación de los dichos originales había sido total y donde se vía el empeño por reescribir de raíz el mensaje papal.
Esto, a priori, podría parecer absurdo, en tanto no son estas las frases específicas donde se habla del preservativo, que fueron las que causaron el gran escándalo público y las que, siempre a priori, deberían haber despertado la tentación de adulterarlas sustancialmente. Sin embargo, pensando en el refinado sentido de la retórica que tiene la Iglesia y su milenaria experiencia en la alteración argumentativa de textos, tal vez sea oportuno sospechar que esto no se trata de ningún error, sino que, tal vez, fueran esos supuestos prolegómenos a su condena por inútil y contraproducente al preservativo, lo que realmente resultaba problemático sostener a la Santa Sede.
En efecto, contra lo que pueda suponerse, el principal objetivo de esta falsificación vaticana de las palabras de Benedicto XVI, no era tanto ajustar el texto a la doctrina limando, a la vez, las aristas más irritantes del mensaje papal respecto del condón; sino, más bien, romper el hilo del verdadero razonamiento de Ratzinger, que no arremetía esta vez contra el preservativo en sí, sino contra los programas y campañas de combate contra el VIH. Iniciativas éstas que son competencia pública o de cooperación internacional y que, como tales, constituyen auténticos “asuntos de Estado”, en los que el Vaticano no puede pretender interferir, sin que se produzcan repercusiones políticas y consecuencias diplomáticas.
La clave del asunto es que, en esta ocasión, paralelamente a la tormenta científica y mediática, se produjo otra política. Lo verdaderamente impactante de este caso fue, sin duda, la enérgica y completamente inusual intervención crítica de altos cargos de los Gobiernos europeos.
El Gobierno francés, que meses atrás había recibido con todos los honores al Papa, fue su más duro crítico. El 18 de marzo, el Ministerio de Asuntos Exteriores, entregó a los medios un comunicado oficial en el que, antes de pasar orgullosa revista de los cuantiosos aportes de Francia al combate contra el VIH/SIDA a escala global, se afirmaba:
“Francia expresa su profunda inquietud frente a las consecuencias de estas palabras de Benito XVI. Si bien no nos corresponde hacer ningún juicio respecto a la doctrina de la Iglesia, sí podemos considera que tales palabras ponen en peligro las políticas de salud pública y los imperativos de protección de la vida humana. Francia está comprometida resueltamente en el acceso universal a la prevención, a los tratamientos, a los cuidados médicos y a la responsabilidad para con los enfermos así como a favor del respeto de los derechos de las personas que viven con el VIH/sida. Con información, educación y detección, el preservativo es un elemento fundamental de las acciones de prevención de la transmisión del virus del sida.” (Ministère des Affaires Étrangères et Européennes, “VIH/sida: profunda inquietud frente a las palabras de Benito XVI”, París, 18-III-2009).
Ese mismo día, el vocero de Quai d’Orsay, Eric Chevallier, atendió a los medios de prensa y televisivos y tras reiterar la preocupación del Estado francés, reafirmó que este tipo de discursos van contra los intereses de la salud pública (France Diplo-TV, “Vive inquiétude après les propos du pape”, Paris, 19-III-2009). La Secretaria de Estado encargada de Derechos Humanos, Rama Yade, declaró a la cadena de radio Europe 1haberse quedado pasmada ante las declaraciones regresivas del Papa y dijo que “el verdadero debate sobre el SIDA, es un debate de Sanidad Pública, no una cuestión de doctrina teológica” (AFP, “Préservatif: Rama Yade ahurie par les propos régressifs du pape”, París, 18-III-2009).
Al día siguiente, los periódicos recogían otras opiniones del Gobierno y de líderes políticos oficialistas y de la oposición las que, con una sola execepción, eran muy críticas con Benedicto XVI. La ministra de Salud, Roselyne Bachelot, afirmó haberse quedado sin aliento ante las palabras del Papa, las cuales constituirían “una absoluta mentira científica”. Según Bachelot, el mensaje del Papa “es catastrófico en términos de salud pública” y, en el contexto africano, “las declaraciones del Papa son tanto más irresponsables” ya que allí las mujeres tienen “problemas para convencer a sus compañeros para que usen preservativos”. Teniendo en cuenta que Benedicto XVI es casi venerado en África, Bachelot dijo temer el efecto “devastador” de sus palabras, las cuales constituyen “un duro golpe propinado a la sanidad pública y a las mujeres” (Continental News, “Sida/Préservatif: Roselyne Bachelot se dit catastrophée”, París, 19-III-2009). Por su parte, el director de la Agencie Nationale de Recherches sur le Sida, Jean-François Delfraissy, dijo que el mensaje del Benedicto XVI es “extremadamente contraproducente en el momento en que el Papa llega al continente africano, el más tocado por la epidemia” (Flore Galaud, “Sida: les propos du pape créent l’indignation en France”, en : Le Figaro, París, 19-III-2009).
En Alemania, las ministras de Salud, Ulla Schmidt, y de Cooperación económica y desarrollo, Heidemarie Wieczorek-Zeul, reiteraron el rol decisivo de los preservativos en la lucha contra el SIDA y afirmaron que “los preservativos salvan vidas, tanto en Europa como en otros continentes”. En Holanda, el Ministro de Desarrollo, Bert Koenders dijo:“pienso que es sumamente perjudicial y serio que este Papa prohíba a la gente protegerse”, agregando que las palabras del Papa están fuera de la realidad.
En Bélgica, Laurette Onkelinx, ministra de Salud, expresó “consternación” ante las afirmaciones del Papa, “realizadas en el siglo XXI y en contra de las recomendaciones unánimes del mundo científico en la materia, reflejo de una visión doctrinaria peligrosa”, llegando a creer que “estas declaraciones podrían perjudicar años de prevención y de sensibilización, y poner en riesgo muchas vidas humanas”. El ministro de Cooperación y desarrollo, Charles Michel, se declaró escandalizado y agregó: “Son declaraciones irresponsables que ponen en peligro los esfuerzos de quienes luchan contra esta plaga. El preservativo sigue siendo, en estas condiciones, un medio determinante de prevención contra la difusión de esta enfermedad”, agregando que “tales discursos ponen en peligro a las poblaciones vulnerables”. (RTBF, “Déclarations de Benoît XVI: L. Onkelinx et C. Michel indignés”, Bruselas, 17-III-2009).
En España, el secretario del Ministerio de Sanidad y Consumo, José Martínez Olmos, aseguró que “el Papa está muy mal aconsejado y creo que debería entonar el mea culpa porque al hablar de esta forma está dando un mensaje contrario a la evidencia científica, por lo que convendría una rectificación”. Para el secretario, el “ir contra la ciencia siempre es un problema porque al final, y la historia está poblada de ejemplos, tendrán que rectificar”, considerando que la sociedad “va por otro camino” distinto al dela Iglesia porque tiene claro que el preservativo es “un instrumento que debe estar incluso más accesible” para disminuir la prevalencia de determinadas enfermedades y para la prevención de embarazos no deseados. Dicho Ministerio, dirigido entonces por el científico Bernat Soria dispuso, en medio de la polémica, la donación de un millón de preservativos a África “para contribuir a frenar la expansión del VIH-sida y fomentar la prevención de esta infección”. El Ministro Soria también declaró que: “el preservativo ha demostrado ser un instrumento eficaz para impedir la propagación de la infección del VIH-sida. No se entiende, por tanto, que aún haya voces que condenen su uso. Esto sólo provoca confusión en una población que necesita protección frente al virus.” (Emilio de Benito, “El condón detiene el VIH”, El País, Madrid, 29-III-2009).
También debe tenerse en cuenta que, durante aquellos días, se presentaron mociones de censura a las palabras del Papa en los parlamentos de estos dos últimos países y también en el Parlamento Europeo, que suscitaron bastante debate y dieron lugar a enérgicas reacciones por parte de obispos, medios católicos y del propio Vaticano.
Si el Papa no hubiera cruzado una frontera, avanzando, en primer lugar, en una maliciosa negación de la creciente eficacia de los campañas que promueven, unánimemente y entre otras cuestiones, la educación sexual y el uso del condón; y, en segundo lugar, atacando la gestión de los cuantiosos recursos reunidos y movilizados por los Estados, las sociedades civiles y organismos multilaterales, para sostener estrategias sanitarias supuestamente deshumanizadas y contraproducentes, estos ataques políticos no se hubieran producido. Si Benedicto XVI no hubiera incurrido en una flagrante invasión de jurisdicciones temporales para debilitar frívolamente los programas preventivos, que son la única esperanza que poseen millones de personas para escapar del VIH, todo esto se habría limitado a una reedición del rifirrafe habitual acerca del condón, entre científicos, cooperantes y religiosos en el cual difícilmente se hubieran involucrado tan altos cargos gubernamentales europeos y de Naciones Unidas, habitualmente moderados en sus declaraciones, elípticos en sus críticas y que tienen muy poco interés en confrontar abiertamente con la Iglesia.
Dado el cariz que estaba tomando el asunto, a partir de unas “declaraciones incidentales” de Ratzinger, no es casual que la diplomacia y el aparato mediático de la Iglesia obliteraran la imprudente referencia del Papa a los “dineros” y su inadecuada inversión, reemplazándola impúdicamente por la referencia a los “slogan publicitarios”. El objetivo de la falsificación no era otro, pues, que tratar de aplacar las “alarmantes” reacciones de los gobiernos europeos y prevenir el efecto dominó que podría propagarse entre los gobiernos americanos y africanos. Como se comprenderá, éstas eran las cuestiones que preocupaban verdaderamente al Vaticano y no tanto el correctivo que pudiera aplicarle The Lancet, Médecins du Monde [9], The New York Times, Le Monde oEl País.
Lo curioso es que, al quedar la cuestión “política” desplazada del centro de interés por el desarrollo de la falsa polémica acerca de la eficacia preventiva del preservativo (que a esta altura solo es alimentada por la Iglesia con obvios propósitos desinformativos); y al enervarse la discusión por los matices y condicionales introducidos desde el Vaticano a las palabras del Papa, la primera de las alteraciones mencionada, pese a ser la más importante, no fue debidamente ponderada por las publicaciones científicas y los mass media.
Así pues, con la opinión pública mirando hacia otro lado, la operación de prensa del Vaticano montada para difuminar la crítica del Papa a los estados y organizaciones internacionales a través de la falsificación y la puesta en circulación en menos de 48 horas de seis versiones diferentes de las palabras de Benedicto XVI (en un aparente ejercicio de saturación contrainformativa que seguramente tendrá muy pocos precedentes históricos) tuvo considerable éxito. Su función fue contribuir a que se centrara la atención en la archiconocida crítica de la Iglesia al preservativo y se olvidara su temeraria injerencia política. No en vano, en los días siguientes, después de este “gesto” (a veces, en diplomacia, falsificar equivale a rectificar), los gobiernos europeos tuvieron la oportunidad de suspender sus diatribas y pasar esta molesta página de su relación con el Vaticano y la Iglesia. Esto permitió aliviar la insoportable presión política que sufría el Papa, a la vez que aislar a los críticos más radicales del arco político, quienes siguieron sosteniendo, pese a todo, las propuestas de censura parlamentarias sobre el Papa tanto en Bélgica, como en España y en el Parlamento Europeo y que, antes o después, terminaron por fracasar.
En este contexto, la opinión pública volvió a prestar más atención a la habitual injerencia religiosa en el campo médico y científico, que la interferencia infinitamente más peligrosa que se produjo, esta vez, en el campo político-sanitario. Es por ello que, un par de días después, todo el mundo terminó debatiendo, otra vez, acerca de los sofismas católicos sobre el preservativo; o, incluso, acerca de los derechos de libre expresión de Benedicto XVI; antes que sobre lo que resulta impostergable discutir: las consecuencias sociales, humanitarias y sobre la salud pública que tiene el boycott activo y pasivo que mantiene la jerarquía eclesiástica sobre cualquier iniciativa estatal o multilateral en materia de salud sexual o reproductiva, que no se avenga a obedecer los dictados de su código moral.
Notas:
[1] Se engañaría quien creyera que “AF” significa, para la Iglesia, lo mismo que para la comunidad científica. Ambos términos son estrictamente interpretados por la Iglesia de acuerdo con su doctrina y con su propio código de moral, por lo que por abstinencia se entiende virginidad o castidad y por fidelidad, un atributo exclusivo de la unión marital. Para las organizaciones sanitarias internacionales ambos conceptos aparecen, por el contrario, desprovistos de contenido moral-religioso y no tienen por objetivo la condena o erradicación de prácticas sexuales alejadas del horizonte matrimonial-reproductivo; sino a la disminución del número de parejas/encuentros sexuales en un contexto en el que perviven prácticas de alto riesgo y que es el que hace que el condón sea un instrumento imprescindible y protagónico en el combate del SIDA.
[2] El responsable de políticas sobre SIDA de la OMS, Kevin de Cock, afirmó que el preservativo “si se usa de una manera continua y correcta previene la transmisión del VIH” y que “no está demostrado que promover su uso implique alterar el comportamiento sexual o aumentar las conductas de riesgo”. Michel Sidibè, director de ONUSIDA remitió a El País una nota que decía “Con 7000 personas que se infectan al día, necesitamos de todas las estrategias disponibles que hayan demostrado científicamente su eficacia y los preservativos son la mejor tecnología disponible para reducir la transmisión sexual del VIH” (Emilio de Benito, “El condón detiene el VIH”, El País, 29-III-2009).
[3] El 18 de marzo, el Director del Fondo Mundial de la Lucha contra el Sida, Michel Kazatchkine, en declaraciones a RTL, dijo que las del Papa “son palabras inaceptables” y que pronunciarlas “en un continente que es el más golpeado por la enfermedad es absolutamente increíble”, pidiendo que “sean retiradas, y de forma clara”.
[4] El 20 de marzo, la Internacional AIDS Society (IAS) —asociación que reúne a 13.000 científicos, médicos, sanitaristas y voluntarios especializados en VIH, de 188 países—, tachó de “peligrosas e irresponsables” las palabras del Papa. Su director ejecutivo, Craig McClure, calificó de “cometarios vergozosos” a las declaraciones de Benedicto XVI, diciendo que estas: “contribuyen a alimentar la infección de VIH y sus consecuencias: la enfermedad y la muerte”. Por su parte, el presidente de IAS, Julio Montaner, dijo que, “en vez de propagar la ignorancia” y realizar “comentarios insultantes” para los profesionales que intentan “proteger a los más pobres de los pobres de la infección del VIH”, el Papa debería usar su liderazgo para animar a los jóvenes a protegerse usando “todos los instrumentos que tenemos a nuestra disposición, incluyendo los condones” (IAS, “IAS: Pope’s remarks on condoms dangerous and irresponsable”, Ginebra, 20-III-2009).
[5] “Las palabras del Papa son tan desafortunadas como ciegas a la evidencia de cómo la gente vulnerable, en particular mujeres y muchachas, pueden protegerse de la infección de VIH. Veinticinco años de investigación social y científica han mostrado que los condones salvan vidas. El Papa debería reconocer este hecho y no socavar la capacidad de la gente para vivir dignamente ante el VIH/SIDA” (APO, “Marta Monteso, HIV&AIDS Policy Coordinator at ActionAid has reacted to the Pope’s statement on condoms”, Bruselas, 18-III-2009).
[6] Días más tarde, el presidente de la Coordinadora Estatal de VIH/sida, Santiago Pérez Avilés, expresó su “profundo rechazo” por las palabras del arzobispo de Granada, Javier Martínez, quien apoyando las palabras de Benedicto XVI afirmó que “el uso masivo de los preservativos no ha detenido el sida en África, sino que lo ha propagado”. Pérez Avilés reiteró “la necesidad de promover el uso del preservativo y fomentar la educación sexual” y señaló que “es necesario actuar ante el rechazo del uso del preservativo por parte de la jerarquía de la Iglesia, con unos argumentos que faltan a la verdad y atentan contra la salud pública” (CESIDA, “Decir que el preservativo propaga el sida es faltar a la verdad y atentar contra la salud pública”).
[7] El día 28 de marzo, el editorial de la revista médica The Lancet denunció que “al decir que los condones exacerban el problema del VIH/SIDA, el Papa ha distorsionado públicamente las pruebas científicas para promover la doctrina católica sobre este tema” […] Cuando cualquier persona influyente, sea un líder religioso o político, realiza una declaración científicamente falsa que puede ser devastadora para la salud de millones de personas, esta debería retractarse o corregir lo publicado.”(The Lancet, “Redemption for the Pope?”, en: The Lancet, Vol. 373, p. 1054, 28-III-2009).
[8] En poco tiempo salieron del Vaticano al menos seis versiones diferentes, cuatro oficiales y dos extraoficiales. Tres de las versiones oficiales fueron publicadas electrónicamente de forma sucesiva por el Bollettino della Sala Stampa della Santa Sede:la primera, “Intervista concessa dal Santo Padre Benedetto XVI ai giornalisti durante il volo verso L’Africa, Volo papale, Martelli, 17 de marzo 2009” — incluida en la primer entrega de la crónica “Viaggio apostolico del Santo Padre Benedetto XVI in Camerún e Angola (17-23 Marzo 2009) y desaparecida de las WEBs vaticanas— fue recogida y distribuida parcialmente a todo el mundo por el reporte de la Agencia GiornalisticaItaliana (AGI), “Papa: Vaticano diffonde risposta completa su AIDS e condom” y más tarde recuperada en modo texto en Papa Ratzinger Blog [2] y en Corriere Della Sera; y como captura de pantalla en Gorka Larrabeiti, “El misterio del Papa y los condones en África”; la otras dos versiones del Bolletino fueron la cuarta y la quinta, el fruto de dos intervenciones que alteraron y corrigieron el texto base de la primera, cuando las contradicciones entre versiones ya habían sido advertidas. La sexta versión, también oficial, fue publicada en el Bollettino Ufficiale della Santa Sede y se halla disponible enPapa Ratzinger Blog [2]. Las dos restantes versiones, las extraoficiales, fueron la segunda, difundida originalmente por Radio Vaticano y reproducida en Il Magisterio di Benedetto XVI; y la tercera, publicada por L’Osservatore Romano. No conformes consaturar a los medios con estas seis versiones, Federico Lombardi emitió el 18 de marzo desde Yaundé un “comunicado en respuesta a las interpretaciones de medios de comunicación e incluso representantes gubernamentales”, en el que se “comentaban” las palabras de Ratzinger y se pasaba en limpio la postura de la Iglesia. En este escrito, Lombardi explicaba que la acción de la Iglesia en la lucha contra el SIDA, se desglosaba en tres áreas: “la educación en la responsabilidad de las personas en el uso de la sexualidad y con la reafirmación del papel esencial del matrimonio y la familia”; “la investigación y la aplicación de tratamientos eficaces para el sida y al ponerlos a disposición al mayor número de enfermos a través de muchas iniciativas e instituciones sanitarias”; y “la asistencia humana y espiritual de los enfermos de sida, así como de todos los que sufren, que desde siempre están en el corazón de la Iglesia”. Lombardi concluía afirmando: “Estas son las direcciones en las que la Iglesia concentra su compromiso, considerando que buscar esencialmente en una más amplia difusión de preservativos no constituye en realidad el mejor camino, el de más amplias miras, ni el más eficaz para afrontar el flagelo del sida y tutelar la vida humana” (AGENCIA ZENIT,“La Santa Sede ilustra las palabras del Papa sobre el preservativo”, 18-III-2009).
[9] Para Médicos del Mundo, se trata de “palabras gravísimas cuando se ve el impacto que este tipo de mensaje puede tener en África”. “Son millones de personas las que van a ser contaminadas a causa de estas declaraciones. (Le Monde, “Nombreuses condamnations après les propos du pape sur le préservatif ”, Paris, 18-III-2009 — Puede consultarse gratuitamente en Web Europe Solidaire sans frontières).
Fuente Original:
http://www.laicografias.com/2010/11/la-iglesia-catolica-y-el-preservativo-2.html
by PGH | Feb 14, 2011 | Opinión sobre Religión y Ateísmo
Quienes se creen en poder de la verdad y hacen oficio de su prédica, corren el riesgo de querer imponerla, tarde o temprano, sobre el resto de la gente y sobre todos los aspectos de la vida social. Los medios de esta imposición variarán, por supuesto, según el poder del que dispongan y las contradicciones en que estén dispuestos a incurrir para hacerla triunfar. Los sectores más radicales de la Iglesia, algunos fundamentalistas, otros integristas, pero todos intolerantes y autoritarios, han demostrado tener muy pocos escrúpulos a la hora de servirse de una amplia variedad de medios persuasivos y coactivos para imponer su verdad, aún cuando muchos de estos se encuentren en flagrante contradicción con algunos imperativos morales de su doctrina.
El asunto de la utilización del preservativo y la prevención de las enfermedades de transmisión sexual (ETS) es un buen ejemplo de ello. La Iglesia no se ha limitado a predicar las virtudes de su código moral sexual, ni tampoco se ha circunscripto a recordar a su feligresía que debe vivir de acuerdo con él. Muy por el contrario, la jerarquía eclesiástica, en aras de imponer sus perspectivas, no ha dudado en introducirse en el debate público y científico para:
- propagar un discurso sofista y pseudocientífico; apelando a mitos, metáforas y comparaciones impertinentes, planteando paradojas y dudas que desinforman e inducen al temor y al desconcierto social acerca de la utilidad real del condón;
- competir con la información sanitaria brindada por el Estado, las organizaciones internacionales y la comunidad científica, intoxicando a la opinión pública mediante la tergiversación de datos y la manipulación de indicadores;
- presionar a gobiernos e instituciones internacionales con el objetivo de bloquear o recortar políticas de salud pública que inviertan en educación sexual, difusión de información sobre prevención activa de ETS, distribución gratuita o subvencionada de preservativos.
El discurso de la Iglesia apunta, actualmente, a develarnos la ineficacia o directa inutilidad del condón para evitar el embarazo o el contagio de ETS, en tanto se habría demostrado que no logra impedirlas en un ciento por ciento de los casos. Estos razonamientos sin gollete, derivados de un retorcimiento estadístico y de un flagrante abuso deductivo, pretenden encubrir una objeción absoluta de tipo moral hacia su utilización.
En tanto que, tradicionalmente, el catolicismo solo ha admitido la sexualidad reproductiva en el contexto del matrimonio aconsejando, en su defecto, la abstinencia sexual; se comprende que el condón sea visto como un artilugio pernicioso que atenta contra la concepción natural y que permite sortear los “peligros” de una sexualidad extra-matrimonial.
Así pues, una crítica honesta del preservativo desde el punto de vista católico no debería centrarse en su presunta falta de efectividad (algo evidentemente falso, para más inri), sino en recordar a los católicos que su utilización contraviene la doctrina actual de la Iglesia y el código de moral sexual que ella promueve. Plantear un debate acerca de la “inseguridad” del preservativo, como lo hace la Iglesia hoy, apoyándose en cifras de control de calidad que aluden a porosidades o bajos estándares de resistencia de materiales, recogidas en los años ochenta y principios de los noventa; o recurrir a fantasiosas proyecciones porcentuales acerca de fallos mecánicos, de desafección o de impericia de sus usuarios, recogidos en estudios de más que dudosa fiabilidad científica y estadística, es puro artificio y manipulación.
A la Iglesia no le preocupan, en realidad, los “fallos” del preservativo; lo que en realidad le preocupan son las consecuencias de su libre disponibilidad sobre las prácticas sexuales de la población y sobre su propia autoridad moral, toda vez que la utilización generalizada del condón elimina los “incentivos negativos” que antes existían para que se acataran su prédica restrictiva.
En efecto, la enconada campaña que la Iglesia mantiene contra este instrumento de salud pública barato, eficaz e imprescindible para conjurar el riesgo de contraer SIDA, enfermedades venéreas o hepatitis y para evitar embarazos no deseados se debe a que permite a hombres y mujeres desarrollar una sexualidad libre, casi sin riesgos ni efectos indeseados. Una libertad “negativa”, para la Iglesia, que la considera como fuente de todo tipo de males sociales y psicológicos; los cuales solo podrían conjurarse a través de la “conversión” y la “observancia” de la doctrina y del código moral que de ella se ha derivado.
En ese sentido, no hay ni jamás habrá instrumentos o técnicas válidos de prevención de ETS o de embarazos no deseados que aporte la ciencia que puedan contentar a la Iglesia, porque todos ellos suponen el ejercicio de una sexualidad libre. No en vano el rechazo no se circunscribe al preservativo, sino que se extiende a otros métodos, como el DIU, la píldora anticonceptiva o la píldora del día después.
En el fondo, podría decirse que, para la Iglesia, esta es una cuestión de salvación, antes que una cuestión de salud pública. Es por ello que, al conspirar contra la salvación, todos estos instrumentos son y serán atacados, por el medio que tercie, sin importar el grado de eficacia que alcancen y sin importar las consecuencias de que en ese ataque se confundan, adrede, los planos técnicos-científicos y morales; y se utilice, a sabiendas, información anacrónica o adulterada y conclusiones falaces.
Que haya gente que pueda contraer gravísimas enfermedades o morir porque, ejerciendo libremente su sexualidad al margen de los severos constreñimientos del código moral católico, haya debido hacerlo sin contar una información clara, objetiva y precisa y sin la protección adecuada, por directa o indirecta interferencia eclesiástica, no parece importar demasiado, porque lo prioritario parece ser defender la integridad de la doctrina. Al fin y al cabo, desde la óptica de la Iglesia, esos padecimientos no dejan de ser una consecuencia dramática y no deseada, pero consecuencia al fin, de una grave transgresión, de una conducta sexual “desviada”, es decir, de un pecado del que el pecador debe responsabilizarse y que, de una manera u otra, deberá expiar.
Conviene entender, entonces, que cuando la Iglesia, sus intelectuales y comunicadores lanzan sus invectivas contra el preservativo, su intervención pública solo posee fundamentos doctrinarios y morales, pero no los tiene científicos, ni técnicos, ni estadísticos (aún cuando presuman de ello y exhiban la parafernalia relacionada con este tipo de estudios); y que, por lo tanto, sólo debe interpelar a aquellos que, en una sociedad laica y libre, deseen escuchar los consejos morales (ni siquiera son dogmas de fe) de la Iglesia.
En todo caso, hay que tener presente que el combate de la Iglesia contra el preservativo constituye una batalla más de su misión apostólica, por lo que debemos estar advertidos de que, en pos de imponer su código moral, sus misioneros se conceden licencia para mentir e inmunidad para tergiversar, llegando a afirmar con todo desparpajo, por ejemplo, que el condón tiene un porcentaje de fallos que ronda entre el treinta y el cincuenta por ciento; o que existe una relación directa entre la difusión del preservativo y el incremento de las infecciones por VIH o los embarazos no deseados.
En definitiva, para quienes se creen en posesión de la verdad es difícil no llegar a convencerse de que el buen fin justifique todos los medios y haga aceptables, incluso, los inevitables daños colaterales que puedan producirse por dar testimonio de la verdad y del presunto orden natural, en un mundo corrompido al que es necesario mentirle, pero “por su bien”, claro está.
Fuente Original:
http://www.laicografias.com/2010/11/la-iglesia-catolica-y-el-preservativo-1_26.html