Las teorías conspiratorias según Karl Popper

2009 fue el Año de las Conspiraciones. Muchos idiotas en México y alrededor del mundo vieron conjuras inconfesables de las mismas mafias de siempre en la influenza porcina, el movimiento del voto nulo, el pastor evangélico convertido en secuestrador aéreo, el asesino del Metro Balderas, “Juanito”, la reforma del sistema de salud de Estados Unidos, los apagones en América del Sur, la muerte de Michael Jackson, los correos electrónicos de investigadores climáticos de East Anglia, el sorteo para el Mundial de Sudáfrica y muchos otros eventos.

Como escéptico, tiendo a rechazar las teorías conspirativas para las que sólo hay evidencia circunstancial. Me resulta imposible aceptar que alguien pueda alcanzar los niveles de inteligencia, logística, control, discreción, perseverancia y amoralidad cercanos a la omnipotencia que necesitan la mayoría de las teorías conspirativas. Como primera entrada del año, me parece adecuado rescatar un fragmento de una de las obras cumbre del filósofo Karl Popper, La sociedad abierta y sus enemigos (volumen 2, capítulo 14), en el que se desarrolla el argumento de que las conspiraciones suelen fallar porque los conspiradores no son omnipotentes y no pueden prever ni controlar todas las consecuencias de su conspiración. Que les sea de provecho, y que tengan un buen año [2 × 3 × 5 × 67].

[…] Brevemente describiré una teoría que es ampliamente sostenida pero que asume lo que yo considero lo opuesto del verdadero objetivo de las ciencias sociales; a esta teoría la llamo la teoría conspiratoria de la sociedad. Ésta es el punto de vista de que la explicación de un fenómeno social consiste en el descubrimiento de los hombres o grupos que están interesados en la ocurrencia de ese fenómeno (a veces es un interés oculto que primero debe ser revelado), y que han planeado y conspirado para precipitarlo. Desde luego que esta idea de los objetivos de las ciencias sociales surge de la teoría equivocada de que todo lo que pase en la sociedad (especialmente acontecimientos como la guerra, el desempleo, la pobreza o la carestía, que por lo común le desagradan a la gente) es el resultado de un designio directo de algunos individuos y grupos poderosos. Esta teoría es ampliamente sostenida; es incluso más antigua que el historicismo [1] (que, como se demuestra por su primitiva forma teísta, es un derivado de la teoría conspirativa). En su forma moderna, como el historicismo moderno, y una cierta actitud hacia las “leyes naturales”, es un resultado típico de la secularización de una superstición religiosa. La creencia en los dioses homéricos cuyas conspiraciones explican la historia de la guerra de Troya se ha ido. Los dioses han sido abandonados. Pero su lugar es ocupado por personas o grupos poderosos, siniestros grupos de presión cuya perversidad es responsable de todos los males que sufrimos, grupos tales como los Sabios de Sión, o los monopolistas, o los capitalistas, o los imperialistas.

No deseo implicar que las conspiraciones nunca pasan. Por el contrario, son fenómenos sociales típicos. Se vuelven importantes, por ejemplo, cuando la gente que cree en la teoría conspiratoria llega al poder. Y las personas que sinceramente creen que ellas son las que saben cómo hacer el Cielo en la Tierra son las más dadas a adoptar la teoría conspiratoria, y volverse involucradas en contra-conspiraciones contra conspiradores inexistentes, pues la única razón de su fracaso al producir su Paraíso es la malvada intención del Demonio, que tiene un interés personal en crear el Infierno.

Debe admitirse que las conspiraciones ocurren. Pero el hecho contundente que refuta la teoría conspiratoria es que a pesar de su ocurrencia, pocas de estas conspiraciones son finalmente exitosas. Los conspiradores rara vez consuman su conspiración.

¿Por qué es así? ¿Por qué los logros difieren tan ampliamente de las aspiraciones? Porque ése es usualmente el caso en la vida social, con o sin conspiraciones. La vida social no sólo es una prueba de fuerza entre grupos opositores: es su acción dentro de un marco más o menos resiliente o amalgamado de instituciones y tradiciones, y crea (aparte de cualquier oposición consciente) muchas reacciones imprevistas en ese marco, algunas de ellas incluso imprevisibles.

Tratar de analizar estas reacciones y preverlas hasta donde sea posible es, creo yo, la tarea principal de las ciencias sociales. Es la tarea de analizar las repercusiones sociales accidentales de acciones humanas intencionales, aquellas repercusiones cuya significación es negada tanto por la teoría conspiratoria como por el psicologismo [2], como se indicó antes. Una acción que procede precisamente de acuerdo a la intención no crea un problema para la ciencia social (excepto tal vez por qué en ese caso particular no ocurrieron repercusiones accidentales). Una de las acciones económicas más primitivas puede servir como ejemplo para hacer más clara la idea de las consecuencias no deseadas de nuestras acciones. Si un hombre desea comprar una casa urgentemente, podemos asumir con seguridad que no desea que el precio de mercado de las casas aumente. Pero el solo hecho de que aparece en el mercado como un comprador tenderá a aumentar los precios de mercado. Y lo análogo se sostiene para el vendedor. O para tomar un ejemplo de un campo muy diferente, si un hombre decide asegurar su vida, es poco probable que tenga la intención de motivar a otros para que inviertan su dinero en pólizas de seguros. Pero lo hará de todas formas. Aquí vemos claramente que no todas las consecuencias de nuestras acciones son intencionales, y consecuentemente, que la teoría conspiratoria de la sociedad no puede ser verdadera porque se reduce a la aserción de que todos los resultados, incluso aquellos que a primera vista no parecen ser buscados por nadie, son los resultados intencionales de las acciones de gente interesada en esos resultados.

Notas

  1. En Popper, el historicismo es la idea de que la historia humana sigue leyes y tendencias regulares y cognoscibles, y que el papel de las ciencias sociales y/o la filosofía es el de encontrar esas leyes para predecir el curso de la historia.
  2. El psicologismo es “la doctrina plausible de que todas las leyes de la vida social deben ser reducibles en última instancia a las leyes psicológicas de la naturaleza humana” (loc. cit.).

(gracias a Ribozyme)

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Author: Lalo Márquez

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