En el siglo IV se dio en Alejandría un pequeño renacimiento científico, iluminado por la más famosa de todas las mujeres de ciencia hasta Marie Curie. Durante quince siglos se pensó que Hipatia era la única mujer de ciencia en la historia. Aun hoy en día, por razones que están emparentadas con una visión romántica de su vida y su muerte, es frecuente que sea la única mujer mencionada en las historias de las matemáticas y de la astronomía.

Es la primera mujer de ciencia cuya vida está relativamente bien documentada. Fue la última científica pagana del mundo antiguo, y murió en un momento y de una forma muy singular; su muerte coincidió con los últimos años del Imperio romano. Durante los mil años siguientes no hubo adelantos significativos en prácticamente ninguna faceta del conocimiento en el mundo occidental, por lo que Hipatia ha llegado a simbolizar el fin de la ciencia antigua. La decadencia ya existía desde hacía algún tiempo, pero después de ella sólo existieron la barbarie y el caos de los años de oscurantismo.  
 

SAN AGUSTÍN DE HIPONA, PADRE DE LA IGLESIA, ADVIERTE QUE:

"El buen cristiano debe permanecer alerta de los matemáticos y todos aquéllos que realicen profecías vacías. Ya que existe el peligro de que los matemáticos hayan hecho una alianza con el Demonio para oscurecer el espíritu y confinar al hombre en las ataduras del Infierno."

Fue en Alejandría, durante los seiscientos años que se iniciaron hacia el 300 A.C., cuando los seres humanos emprendieron la aventura intelectual que nos marcó para siempre, y que es la base de los logros técnicos y culturales que disfrutamos. Pero no queda nada del paisaje y de las sensaciones de aquella gloriosa ciudad de mármol. La opresión y el miedo al saber han arrasado casi todos los recuerdos de la antigua Alejandría. 

La ciudad fue fundada por Alejandro Magno y construida por su antigua guardia personal. Alejandro estimuló el respeto por las culturas extrañas y una búsqueda sin prejuicios del conocimiento. Animó a sus generales y soldados a que se casaran con mujeres persas e indias. Respetaba los dioses de las demás naciones. Coleccionó formas de vida exóticas, entre ellas un elefante destinado a su maestro Aristóteles. 

Su ciudad estaba construida a una escala suntuosa, porque tenía que ser el centro mundial del comercio, de la cultura y del saber. Estaba adornada con amplias avenidas de treinta metros de ancho, con una arquitectura y una estatuaria elegante; con la tumba monumental de Alejandro; con un enorme faro (el Faros; una de las siete maravillas del mundo antiguo) y una legendaria biblioteca de la que tan sólo queda un sótano húmedo y unos pocos estantes enmohecidos. 

Sin embargo, este lugar fue en su época el cerebro y la gloria del planeta, el primer auténtico instituto de investigación del mundo. La Biblioteca de Alejandría es el lugar donde los hombres reunieron por primera vez, de modo serio y sistemático, el conocimiento del mundo. 

Alejandría prosperó económica y culturalmente, se convirtió en una de las más importantes metrópolis de la antigüedad. Sirviendo como puente entre oriente y Europa, atrajo el comercio de la India y de Arabia; sus mercados estaban surtidos con magníficas sedas y telas de los bazares del Oriente. Dicen que tenía una población de 600.000 habitantes, sin que pudiera contarse ningún pobre entre ellos. El trabajo era remunerado mediante buenos salarios, y había tal demanda de trabajadores que  incluso los impedidos encontraban una ocupación compatible con sus minusvalías. 

Su población tenía una maravillosa diversidad; soldados macedonios y más tarde romanos, sacerdotes egipcios, aristócratas griegos, marineros fenicios, mercaderes judíos, visitantes de la India y del África subsahariana y, dicho sea de paso, un buen número de esclavos. Vivían juntos en armonía y respeto mutuo durante la mayor parte del período que marca la grandeza de Alejandría. No obstante, buena parte de los egipcios siempre consideraron a griegos y romanos como Alejandrinos solamente por adopción. Este antagonismo latente se ponía de manifiesto con ocasión de revueltas callejeras, peleas y guerras civiles. 

Alejandría era la mayor ciudad que el mundo occidental había visto jamás. Gente de todas las naciones llegaban allí para vivir, comerciar, aprender. En un día cualquiera sus puertos estaban atiborrados de mercaderes, estudiosos y turistas. Era una ciudad donde griegos, egipcios, árabes, sirios, hebreos, persas, nubios, fenicios, italianos, galos e íberos intercambiaban mercancías e ideas. 

Los reyes griegos de Egipto que sucedieron a Alejandro habían heredado de los griegos el afán del saber. Dedicaron gran parte de su inmensa fortuna a la adquisición de libros que engrosaran las estanterías con obras de Grecia, Persia, India, Israel, África y otras culturas. Apoyaron durante siglos la investigación y mantuvieron la biblioteca para que ofreciera un ambiente adecuado de trabajo a las mejores mentes de la época. En raras ocasiones un Estado ha apoyado con tanta avidez la búsqueda del conocimiento. Los resultados fueron asombrosos; Alejandría pronto se convirtió en el hogar del pensamiento, tomando el testigo de Atenas como motor de la cultura. 

Ptolomeo I Sóter (362 AC – 283 AC) mandó construir en Alejandría el gran palacio que serviría de alojamiento a toda la dinastía Ptolemaica. Al otro lado del jardín se erigió otra gran edificación, el Museo. Lo llamaron así porque lo consideraron como un santuario consagrado a las Musas, que eran las diosas de la memoria, de las artes y de las ciencias. El edificio constaba de varias estancias dedicadas al saber, que con el tiempo fueron ampliándose. Las salas del Museo que se dedicaron a biblioteca acabaron siendo lo más importante de toda la institución y fue conocido en el mundo intelectual de la antigüedad como algo grandioso y excepcional. 

La biblioteca del Museo constaba de diez grandes piezas o salas para investigación, cada una de ellas dedicada a una disciplina diferente, muy rica y abundante en la mayoría de estas secciones y sobre todo muy completa en literatura griega. Había fuentes y columnatas jardines botánicos, un zoo, salas de disección, un observatorio, y una gran sala comedor donde se llevaban a cabo con toda libertad las discusiones críticas de las ideas. Una comunidad de poetas y eruditos era la encargada de mantener el buen nivel y trabajaban en ello con total dedicación, como sacerdotes de un templo. En realidad se consideraba el edificio del Museo como un verdadero templo dedicado al saber. 

Esos sabios o eruditos, que llegaron a ser más de cien en la época de mayor esplendor, pertenecían a dos categorías, según la clasificación hecha por ellos mismos: filólogos y filósofos. Los filólogos estudiaban a fondo los textos y la gramática. La Filología llegó a ser una ciencia y estaba muy relacionada con la historiografía y la mitografía. Los filósofos eran todos los demás, tanto los pensadores como los científicos. Exploraban la física, la literatura, la medicina, la astronomía, la geografía, la filosofía, las matemáticas, la biología y la ingeniería. La ciencia y la erudición habían llegado a su edad adulta. El genio florecía en aquellas salas. 

Entre los personajes que dieron gloria a ese recinto se encontramos a Arquímedes (ciudadano de Siracusa); Hiparco de Nicea, que explicó a todos la Trigonometría, y defendió la visión geocéntrica del Universo, anticipó que las estrellas nacen, se desplazan lentamente en el transcurso de los siglos y al final perecen; fue el primero en catalogar las posiciones y magnitudes de las estrellas y en detectar estos cambios enseñó; Aristarco, que defendió todo lo contrario, es decir, el sistema heliocéntrico (movimiento de la Tierra y los planetas alrededor del Sol, mucho antes que Copérnico lo descubriera); Eratóstenes, que calculó con precisión el tamaño de la Tierra, la cartografió, y afirmó que se podía llegar a la India navegando hacia el oeste desde España; Herófilo de Calcedonia, un fisiólogo que llegó a la conclusión de que la inteligencia no está en el corazón sino en el cerebro; los astrónomos Timócaris y Aristilo; Apolonio de Pérgamo, gran matemático; Herón de Alejandría, un inventor de cajas de engranajes, de unos asombrosos aparatos movidos por vapor y, también, autor de la obra Autómata, la primera que conocemos sobre los robots; Euclides que desarrolló allí su Geometría, un texto del cual los hombres aprendieron durante veintitrés siglos, una obra que ayudaría a despertar el interés por la ciencia en Kepler, Newton y Einstein. 

Más tarde, ya en el siglo II, trabajó y estudió el astrónomo y geógrafo Claudio Ptolomeo y también Galeno escribió obras básicas sobre el arte de curar y la anatomía que fueron seguidas hasta muy entrado el Renacimiento. Hubo  muchos más que, aunque lo merecen, no mencionaré por razones de espacio, pero sí diré que la última persona insigne del Museo fue una mujer: Hipatia, a cuya memoria está dedicado el presente escrito, ya que representa y simboliza mejor que nadie todos los logros y virtudes que allí se generaron. Pero de ella me ocuparé un poco más adelante. 

Las personas encargadas de la organización de la biblioteca rebuscaban por todas las culturas y en todas las lenguas conocidas del mundo antiguo, y enviaban negociadores que pudieran hacerse con bibliotecas enteras, unas veces para comprarlas, otras como préstamo para hacer copias, es decir "ediciones", que eran muy estimadas, incluso más que los originales, por las correcciones que incorporaban.  

Los grandes buques que llegaban al famoso puerto de Alejandría cargados de mercancías diversas eran inspeccionados por la policía, no en busca de contrabando sino en busca de textos. Cuando encontraban algún rollo, lo confiscaban y lo llevaban en depósito a la biblioteca. Allí los amanuenses se encargaban de copiarlo. Una vez hecha esa labor, el rollo era devuelto a sus dueños. La biblioteca de Alejandría llegó a ser la depositaria de las copias de la práctica totalidad de los libros del mundo antiguo. Allí fue donde realmente se llevó a cabo por primera vez el arte de la edición crítica. 

En principio la biblioteca fue un apartado al servicio del Museo. Pero más tarde, cuando esta entidad adquirió gran importancia y gran volumen, hubo necesidad de crear un anexo cercano. Se cree que esta segunda biblioteca (la biblioteca hija) fue creada por Ptolomeo III Evergetes (246 AC – 221 AC) en la colina del barrio de Racotis (hoy se llama Karmuz), en un lugar de Alejandría más alejado del mar, en el antiguo templo erigido por los primeros ptolomeos al dios Serapis, llamado el Serapeo. Esta segunda biblioteca debió ser sin duda la que resistió el paso de algunos siglos, conquistando como la anterior la fama y el prestigio del mundo conocido.  

Esta biblioteca-hija sustituyó a la primera durante bastantes años, después del incendio de Alejandría, en el año 48 AC, en el transcurso de la guerra entre Roma y Egipto. Se dio una batalla terrible en el mar, entre la flota egipcia y las naves de Julio César, y la consecuencia fue un espantoso incendio en la ciudad que afectó a casi toda el área urbana y por supuesto al gran edificio del Museo donde estaba la gran biblioteca. 

Toda la riqueza intelectual, todo el saber acumulado durante siglos desapareció en poco tiempo. Sólo sobrevivió una pequeña fracción de sus obras. Se sabe, por ejemplo, que allí existían 123 obras teatrales del escritor griego Sófocles de las cuales sólo se salvaron siete. También, se cree que allí estaban depositados tres volúmenes preciosísimos con el título de Historia del mundo, cuyo autor era un sacerdote babilónico llamado Beroso y que el primer volumen narraba desde la Creación hasta el Diluvio, periodo que según él había durado 432.000 años, es decir, cien veces más que en la cronología que se cita en el Antiguo Testamento. Ese número permitió identificar el origen del saber de Beroso: la India. Fue una pérdida incalculable, y aunque hemos superado la ciencia que el mundo antiguo conocía, hay lagunas irreparables en nuestros conocimientos históricos. 

Cleopatra VII se refugió en la ciudad de Tarso (en la actual Turquía) junto con Marco Antonio, quien, a modo de compensación por las pérdidas del incendio, le ofreció los 200.000 manuscritos traídos desde la biblioteca de Pérgamo (en Asia Menor) pertenecientes a la Biblioteca del rey Attalo, que fueron depositados en la nueva biblioteca. En adelante, los emperadores romanos se esmerarían en proteger la nueva biblioteca; la modernizaron incorporando calefacción central mediante tuberías con el fin de mantener los libros bien secos en los depósitos subterráneos. 

Pero la nueva biblioteca corrió el mismo designio de tragedia y destrucción que su antecesora. En el siglo III después de Cristo, el emperador Diocleciano quien, según los historiadores, era muy supersticioso, ordenó la destrucción de todos los libros relacionados con la alquimia. Más tarde, en el año 391, el patriarca cristiano de Alejandría Teófilo, expolió la biblioteca al frente de una muchedumbre enfurecida con fanatismo religioso. El Serapeo fue entonces demolido piedra a piedra y sobre sus restos se edificó un templo cristiano consagrado a Juan el Bautista. 

Cabe señalar que el Templo de Serapis, o Serapeo, era quizás el mejor edificio de la ciudad. Se dice que los constructores del famoso Templo de Eddessa se jactaban de haber creado algo que las generaciones futuras compararían con el Templo de Serapis en Alejandría. Esto debería darnos una idea de su grandiosidad y belleza. Algunos críticos han sugerido que los constructores de ésta obra maestra se propusieron hacer una estructura compuesta, reconciliando de forma armoniosa el arte Egipcio y el Helénico. Historiadores y expertos afirman que era uno de los monumentos más importantes de la Civilización Pagana, comparable con el Templo de Júpiter en Roma, y el Partenón en Atenas; sin lugar a duda, una de las más bellas joyas arquitectónicas de todos los tiempos. 

En el siglo VI hubo en Alejandría luchas violentas entre los cristianos monofisitas y los melquitas y más tarde aún, en el 619 los persas acabaron de destruir lo poco que quedaba en esta ciudad. Pero conviene retroceder un poco en la historia y analizar algunos aspectos más detenidamente, para comprender el desarrollo de estos fatídicos acontecimientos. 

El primer Emperador Cristiano, Constantino, impulsado por la lógica de su nueva religión, toma su residencia en el Bósforo, a las orillas del continente que había acunado al cristianismo. Para un gobernante que codiciaba el poder absoluto, que temía a la democracia y detestaba la libertad, que prefería el estancamiento de la mente al movimiento de ideas y que deseaba a esclavos como súbditos, Asia era un lugar más que conveniente. El Cristianismo, como la religión de la mansedumbre y de la obediencia, tenía atracciones irresistibles para Constantino. 

Tan pronto como tomó el poder, la religión cristiana, transformó al mundo; destruyó al Imperio Romano, se apropió de cetro, espada, diadema y trono, y transfirió el poder y las riquezas hacia Asia; o sea, de Roma a Constantinopla. A partir de entonces, el cristianismo se hizo más agresivo y sangriento contra el paganismo y la civilización; comenzó a combatir encarnizadamente la cultura; se persiguió a Sócrates, Platón, Cicerón y Séneca en Europa. Si habían destruido todos los monumentos del Paganismo en Roma, ahora harían lo propio en Alejandría, Constantinopla, o Antioquia. Por lo tanto, cuando estudiamos sobre la destrucción de las escuelas paganas, bibliotecas y monumentos, no miremos a tales actos como accidentes históricos del cristianismo, sino como el desenvolvimiento de lógico de su “potencial”.  

El Cristianismo rompió la conexión que la humanidad intentaba forjar entre Europa y Asia. El mundo nunca ha vuelto a ser uno, como casi lo pudo ser bajo el Imperio Romano. En los últimos años del siglo IV Roma se divide en dos partes: el Imperio de Occidente y el Imperio de Oriente. Egipto (que era una provincia romana y continuaría siéndolo hasta la llegada de los árabes en el siglo VII) es incorporado al Imperio de Oriente. El cristianismo también había llegado a Egipto. 

En esta época se suceden grandes controversias y disputas entre las distintas facciones de cristianos. Algunos autores reseñan cómo las peleas llegan a hacerse callejeras. Fue el Emperador Cristiano Eudoxio, quien, en respuesta a una petición del Arzobispo de Alejandría, envió una sentencia de destrucción contra la religión antigua de Egipto. Paganos y cristianos se habían reunido en la plaza principal para escuchar el contenido de la carta del Emperador. Cuando los cristianos se enteraron que podían destruir a los dioses del paganismo, un grito salvaje alegría fue lanzado a los aires. 

Más tarde, aparece Teófilo cruz en mano, seguido por sus monjes marchando hacia la destrucción el Templo de Serapis. La Biblioteca fue el siguiente objetivo de ataque. Sus estantes fueron violentamente vaciados; montones de preciosos libros quedaron reducidos a cenizas y la humanidad se vio privada para siempre de todos esos tesoros intelectuales que nuestros antepasados culturales griegos y romanos nos habían legado.  

En esos días era muy frecuente que los cristianos celosos sólo vieran herejía y maldad en las matemáticas y la ciencia: "los matemáticos debían ser destrozados por las bestias salvajes, o bien quemados vivos". Algunos de los padres del cristianismo resucitaron las teorías sobre una tierra plana y un universo en forma de tabernáculo. Los violentos conflictos entre paganos, judíos y cristianos fueron azuzados por Teófilo. 

A su muerte, Teófilo, fue “dignamente” sucedido por su sobrino Cirilo, que era aún más hostil a la cultura que su tío. El nuevo arzobispo dirigió sus esfuerzos contra los monumentos vivos del paganismo. Es decir, contra las personas que todavía poseían un respeto apasionado por la cultura y la civilización del mundo de pagano. 

En esa época en la que el estudio, las ciencias y el saber estaban siendo perseguidos y eliminados por personajes como Teófilo y Cirilo, vino al mundo Hipatia de Alejandría, la hija de Teón, el gran matemático y filósofo que hubiera sido más conocido de no ser eclipsado por la fama de su hija. Los historiadores no se ponen de acuerdo en diferentes aspectos de su vida; unos sitúan momento de su nacimiento en el 370 DC, mientras otros lo establecen el año 355 DC. 

Dice la leyenda que Teón estaba decidido a que su hija se convirtiera en "un ser humano perfecto", en una época en que las mujeres eran consideradas poco más que animales domésticos. Supervisó todos los aspectos de su formación para proporcionarle un cuerpo bello y saludable, así como una mente excepcional. Cuentan sus biógrafos que Hipatia dedicaba varias horas al ejercicio físico por la mañana, después tomaba baños que la relajaban y le permitían concentrar la mente para dedicarse al estudio durante el resto del día. La mayoría de los historiadores creen que Hipatia superó el conocimiento de su padre y a casi todos sus contemporáneos a una edad muy temprana. 

Para ampliar los estudios, ella persuadió a su padre para que la enviase a Atenas y a Italia, impresionando a todos los que la conocieron por su inteligencia y su belleza. En Atenas le otorgaron la corona de laureles, distinción reservada para los más destacados alumnos. Hipatia usaba esta corona como su mejor joya cada vez que aparecía en público. 

A su vuelta a Alejandría, la eligen presidenta de la Academia y, según el enciclopedista bizantino Suidas, "fue oficialmente nombrada para explicar las doctrinas de Platón, Aristóteles, etc"; es decir, catedrática de matemáticas, física y filosofía. Por entonces el Museo había perdido su preeminencia, y Alejandría contaba con escuelas diferentes para paganos, judíos y cristianos. Sin embargo, Hipatia enseñaba a miembros de todas las religiones y procedencias. Los estudiantes viajaban a Alejandría sólo para asistir a sus magistrales lecciones. Su casa se convirtió en un centro intelectual, donde se reunían los estudiosos para discutir cuestiones científicas y filosóficas.  

Hay alguna información sobre su talento en astronomía y matemáticas en las cartas de su alumno y discípulo Sinesio de Cirene, el rico y poderoso obispo de Tolemaida. La mayoría de sus escritos de eran libros de texto para sus estudiantes y se supone que buena parte de su obra está incorporada en los tratados de su padre. Los dos escribieron juntos por lo menos un tratado sobre Euclides. También es autora de por lo menos uno de los libros de la obra de Teón sobre Tolomeo. Éste (Teón) había sistematizado todos los conocimientos contemporáneos sobre matemática y astronomía en un texto de trece libros que llamó modestamente Tratado matemático. Los eruditos árabes medievales le dieron el nombre de Almagesto ("Gran libro") y su contenido sólo fue superado por Copérnico, en el siglo XVI. 

Su trabajo más importante de fue en álgebra. Escribió trece libros comentando la Aritmética de Diofanto, el "padre del álgebra". Desarrolló las ecuaciones indeterminadas (diofánticas), es decir, ecuaciones con soluciones múltiples. También trabajó con ecuaciones cuadráticas. Escribió un tratado de ocho libros Sobre la geometría de las cónicas de Apolonio, a quien se deben los epiciclos y los deferentes. Después de la muerte de Hipatia, las secciones cónicas (figuras geométricas que se forman cuando un plano pasa por un cono) cayeron en el olvido hasta comienzos del siglo XVII, cuando los científicos se dieron cuenta de que muchos fenómenos naturales, como las órbitas irregulares de los planetas, se describían mejor por medio de las curvas formadas por secciones cónicas.  

Además de la filosofía y las matemáticas, se interesaba en la mecánica y la tecnología práctica. En las cartas de Sinesio están incluidos sus diseños para varios instrumentos científicos, incluyendo un astrolabio plano (otras fuentes fechan este instrumento por lo menos un siglo antes), que se usaba para medir la posición de las estrellas, los planetas y el Sol, y para calcular el tiempo.  

Hipatia también desarrolló un aparato para destilación de agua, un instrumento para medir el nivel del agua, y un hidrómetro graduado de latón para determinar la gravedad específica de los líquidos (densidad).  

Es un hecho indiscutible que Hipatia se enfrascó en la política de Alejandría. Uno de sus alumnos, Hesiquio el Hebreo, escribió: "Vestida con el manto de los filósofos, abriéndose paso en medio de la ciudad, explicaba públicamente los escritos de Platón, o de Aristóteles, o de cualquier filósofo, a todos los que quisieran escuchar. Los magistrados solían consultarla en primer lugar para su administración de los asuntos de la ciudad." Como pagana, partidaria del racionalismo científico y personaje influyente, se encontraba en una situación muy peligrosa en una ciudad que iba siendo cada vez más cristiana. 

En 412, el fanático cristiano Cirilo, se convirtió en patriarca de Alejandría; persiguió, masacró y expulsó de la ciudad a millares de judíos. Luego, a pesar de la vehemente oposición de Orestes, el Prefecto romano de Alejandría, se dedicó a “librar” la ciudad de los paganos. Haciendo caso omiso de los ruegos de Orestes, antiguo alumno, familiar y quizás también amante, Hipatia se negó a traicionar sus ideales y rehusó convertirse al cristianismo.  

Así, el obispo de Nikiu nos cuenta en sus crónicas: "Y en esos días apareció en Alejandría una filósofa, pagana de nombre Hipatia, consagrada a las magias, astrología y músicas, engaño a muchas personas a través de la superchería satánica. El prefecto de la ciudad la honró, ya que le había engañado a través de su magia, dejó de asistir a la iglesia como había sido su costumbre, aunque encontrándose en una situación de peligro, volvió a asistir. No solo arrastró al gobernador sino a muchos otros creyentes…" 

Hipatia era de hecho una institución en Alejandría; el personaje más popular de la ciudad. Los poetas la nombraban la "Virgen del Cielo", "La Estrella Intachable", "la flor más bella del discurso”. Según las crónicas de la época, su belleza, que podría haber avergonzado hasta Cleopatra, era tan grande como su modestia, las dos eran igualadas por su elocuencia y las tres sobrepasadas por su sabiduría.  

Cirilo, desarrolló un terrible odio por esta pagana.  Él no apreciaba su fama, y consideraba como basura su cultura. Sus encantos, la tentación que arruina a los hombres. La odiaba porque, ella, inferior mujer, había osado ser libre y pensar por si misma. Consideraba que el gran prestigio de Hipatia era un peligro que para la nueva fe; que competía con el cristianismo, quitándole a Jesús los honores que le pertenecían. Ella le estaba robando a Dios sus derechos y por ese pecado debía morir. "El es un Dios celoso", como dice la Biblia. Con Hipatia muerta el pueblo alabaría a Dios y le daría todo el amor y los honores que desperdiciaban sobre ella. Así mismo, Orestes podría ser más fácilmente influenciado por el cristianismo. 

Generalmente si un hombre es ínfimo y celoso ninguna religión lo puede mejorar, y si es generoso y puro de mente ninguna superstición puede envenenar la nobleza de su corazón. La religión es fuerte, pero más fuerte es la naturaleza. Desdichadamente Cirilo era un infame y las doctrinas de su religión  solamente le sirvieron para afilar sus garras y revolver sus pasiones para convertirlas en odio.   

Así, una mañana de marzo del año 415, un centenar de monjes bajo el liderazgo de Cirilo y su mano derecha, Pedro el Lector, se abalanzaron con furia sobre el carruaje de Hipatia y, arrastrándola de los pelos, la llevaron al interior de una iglesia llamada Cesárea. Con violencia, le hicieron besar la cruz y la amenazaron de muerte si no aceptaba ser cristiana y entrar a un convento. Ante su negativa, estas alimañas la desnudaron; y allí, frente al altar, le arrancaron la carne de sus huesos con pedazos de conchas afiladas; descuartizaron su cuerpo y llevaron los pedazos a un lugar llamado Cinaron, donde los quemaron hasta convertirlos en cenizas. De esta manera creyeron dar muerte a lo que ellos llamaban idolatría y herejía. Más tarde Cirilo sería canonizado por la iglesia cristiana.  

Orestes informó del asesinato y solicitó a Roma que se iniciara una investigación, pero ésta se fue retrasando por “falta de testigos”, hasta que el propio Cirilo aseguró que Hipatia estaba viva y que habitaba en la ciudad de Atenas. Orestes tuvo que abandonar su cargo y huir de Alejandría para salvar la vida. 

Una mujer brillante y hermosa en todos los aspectos fue brutalmente asesinada en nombre de Dios y en el interior de una iglesia ¿Existe hecho más negro en los anales humanos? Si, como dice la doctrina cristiana, nacemos condenados por el pecado de Adán; aplicando la misma lógica, y considerando sólo las maléficas acciones de San Cirilo (hay muchísimas más), hemos de concluir que esa religión está manchada por toda la eternidad. 

El brutal asesinato de Hipatia marcó el final de la enseñanza platónica en Alejandría y en todo el Imperio romano.  El interés por el misticismo sustituyó a la investigación científica y la Historia entró en la era del oscurantismo. Durante los mil años en los cuales el espíritu de San Cirilo y su Iglesia manejó los asuntos de la religión y el estado de forma totalitaria, la noche envolvió a la humanidad y las cadenas de la esclavitud ideológica cristiana estranguló el pensamiento hasta casi asfixiarlo. La Iglesia expulsó a las Musas y el mundo se transformo en una prisión para el hombre. 

Si durante cientos de años había florecido el arte, la poesía, la filosofía, la escultura, el drama, la oratoria, la belleza y la libertad en Grecia, Roma y Alejandía; ahora, por mas de quince siglos, la persecución, las guerras religiosas, las masacres, las disputas teológicas, el derramamiento de sangre, la cacería de herejes, la quema de brujas, las prisiones, las mazmorras, las prohibiciones, las maldiciones, el odio a la ciencia, el odio a la libertad, la esclavitud espiritual, la vida sin amor ni risas, se convertirían en algo “verdaderamente clásico”. 

Curiosamente, cuando el mundo despertó de su pesadilla después de la larga noche que impuso el cristianismo, la primera canción que cantó fue la última canción del agonizante mundo pagano.  En el año 1493, cuando el renacimiento presagiaba una nueva era, el primer libro que vió la luz en Europa fue el último libro escrito por un pagano en Alejandría. Era el poema de Hero y Leander. De esta paradójica forma, la humanidad retomó la hebra de oro donde el viejo mundo la había perdido.  

Que diferente hubiera sido la historia si la Iglesia Cristiana en vez de perseguir a los intelectuales con un odio  tan horroroso, les hubiera abierto los brazos con afecto y gratitud. Pero lo "divino" es siempre celoso de lo humano; Hipatia eclipsaba la gloria de Dios. Ella fue asesinada porque solamente "los pobres de espíritu", los enanos intelectuales, son los elegidos del cielo. La buena noticia es que mientras la Iglesia todavía puede excluir del otro mundo a los  gigantes mentales, ya no puede excluirlos del mundo real. 

El amanecer ya esta en nuestro cielo y es de día en el mundo. Pero, si no queremos que se repita la historia, debemos extraer una enseñanza de todo esto. Fue un error poner en duda la permanencia de las estrellas, y no cuestionar la justicia de la esclavitud. La cultura estaba reservada para unos cuantos privilegiados. El saber no fue popularizado. La ciencia no fascinó la imaginación de la multitud. Los descubrimientos en mecánica y en la tecnología del vapor sirvieron principalmente para perfeccionar las armas y divertir a los reyes, casi nunca para mejorar el modo de vida del pueblo. Cuando la chusma se presentó para quemar la Biblioteca no había nadie capaz de detenerla. La población de Alejandría era totalmente ajena a lo que se guardaba allí, no le importaba nada, nunca había sido partícipe de los conocimientos y ni beneficiarios de la ciencia.