Celebra 500 años la guardia suiza

La Guardia Suiza del Papa, el ejército más pequeño, famoso y fotogénico del mundo, cumple 500 años. Tal día como hoy, el 22 de enero de 1506, unos 150 soldados mercenarios suizos capitaneados por Kaspar von Silenen entraron en Roma llamados por el Papa Julio II “pro custodia palatii nostri” (para la custodia de nuestros palacios, en latín). Julio II, el mismo que empezó a construir la actual basílica de San Pedro del Vaticano y que encargó a Miguel Ángel los frescos de la Capilla Sixtina, quería un contingente militar estable para su defensa personal, y la opción helvética se reveló con los años muy exitosa, no sólo por hechos de armas y por su documentada fidelidad a los pontífices, sino también por valores estéticos.Cuando en 1970 Pablo VI decretó la disolución de los cuerpos militares pontificios, decidió conservar la Guardia Suiza, que en el siglo XXI de la globalización se asoma a la televisión mundial como un pintoresco elemento del pasado, muy grato a turistas y peregrinos. Esa imagen colorista puede inducir a olvidar que se trata de un cuerpo armado. Los guardias portan alabarda, y cuando el Papa va a la plaza de San Pedro se limitan a llevar spray lacrimógeno, pero la armería vaticana está bien surtida, fusiles incluidos, y según aseguran los veteranos, los soldados de guardia nocturna llevan pistola bajo la capa.

“Juro observar fielmente, lealmente y con honor todo cuanto en este momento me ha sido leído, y que Dios y sus santos me asistan”, reza el juramento que cada nuevo recluta pronuncia, en la lengua de su cantón suizo natal (alemán, francés, italiano o romanche), después de que el capellán ha detallado sus obligaciones. En sustancia, un guardia jura defender con su vida al Papa, y a los cardenales durante la transición entre un Pontífice y otro, y promete respeto, fidelidad y obediencia a su comandante. Para ingresar en este exclusivo ejército, es indispensable ser un varón católico de nacionalidad suiza, soltero, de entre 19 y 30 años, medir al menos 1,74 metros de altura, poseer un título profesional o preuniversitario, aprobar el curso de formación en Suiza, y gozar de “una reputación irreprochable”. En la actualidad, 110 hombres componen el pequeño regimiento – tiene ese rango, pese a sus escasas dimensiones-, a las órdenes del coronel Elmar Theodor Mäder, de 42 años, nativo del cantón germanohablante de Saint Gall, licenciado en Derecho por la Universidad de Zug, persona siempre gentil con la prensa, de una timidez muy poco marcial.

“Los jóvenes se enrolan por motivos diversos – explicó el coronel Mäder en la presentación de los actos conmemorativos del aniversario-. Hay una cierta motivación religiosa, incluso algunos han ingresado después en el seminario para ser sacerdotes, y además se trata de un alto honor. A otros les anima aprender otra lengua, conocer Italia, y adquirir formación en seguridad para trabajar luego como policías en Suiza. Pero tampoco es como hace treinta años, en que cuando un ex guardia volvía a casa, era casi como si regresara un embajador especial de Su Santidad”.

Los tiempos han cambiado: no hace tanto, cualquier ex guardia suizo encontraba trabajo en su país de origen con facilidad, pues se le suponía seriedad y responsabilidad. Ahora, la precariedad laboral castiga también a la próspera Confederación Helvética, lo cual de rebote se deja sentir en el Vaticano. El servicio mínimo es de dos años renovables, y cada vez más guardias no renuevan el compromiso, temerosos de que, si pasa demasiado tiempo, recolocarse en Suiza será más difícil. Otros posibles candidatos simplemente no se alistan porque les preocupa perder el tren laboral durante esos dos años de ausencia.

Intramuros, donde los guardias deben residir obligatoriamente, la estricta rutina incluye vigilancia día y noche de todos los accesos al Estado de la Ciudad del Vaticano y del Palacio Apostólico, residencia del Papa. Al entrar por el Portón de Bronce, en el brazo derecho de la columnata de la plaza de San Pedro – camino habitual que toman los periodistas acreditados ante la Santa Sede para asistir a audiencias del Pontífice con jefes de Estado y de Gobierno-, no hay pasillo, estancia o recoveco sin su correspondiente guardia suizo apostado. Vigilan en turnos de nueve horas en dos días consecutivos, sin contar los servicios extraordinarios, y al tercer día, de hipotético descanso, se dedican a instrucción de tiro y judo, ejercicios con la alabarda, y clases de informática e italiano, aunque las órdenes a la tropa se dan, por tradición, en alemán. Luego, vuelta a empezar. La paga ronda los 1.300 euros, con alojamiento, comida y sanidad gratuitos.

En compensación, resulta difícil pensar que un soldado acabe dando la vida en acto de servicio; ese riesgo era mucho más palmario en otros tiempos. De hecho, el juramento anual de los nuevos reclutas se celebra siempre el día 6 de mayo, en recuerdo del peor episodio militar sufrido por la Guardia Suiza, el que selló además su fama de fidelidad inquebrantable al Pontífice. Fue durante el Saco de Roma, perpetrado el 6 de mayo de 1527 por mercenarios lansquenetes alemanes de Carlos I de España y V de Alemania, metido en una guerra contra Francia en la que el Papa apoyaba al rey francés. Ese día cayeron en combate 147 soldados helvéticos, incluido el comandante, Kaspar Röist, lo cual permitió a Clemente VII salvar la vida. Protegido por los restantes 42 alabarderos, el Papa logró atravesar el corredor de la antigua muralla que conecta el Palacio Apostólico con el castillo fortificado de Sant’Angelo, a orillas del río Tíber. Aún hoy se suele mostrar a los turistas los agujeros en la muralla de los arcabuzazos disparados contra el pontífice por las tropas de Carlos Vquien, avergonzado, se dolió por aquel saqueo de la ciudad.

El comandante Kaspar Röist murió durante ese asalto ante los ojos de su esposa, Elisabetta Klinger, cuando el matrimonio estaba reservado sólo a la oficialidad. En los recientes años setenta, la Secretaría de Estado vaticana autorizó a los militares suizos a casarse alcanzado el rango de cabo; y de hecho el año pasado hubo cuatro bodas, en las que tres novias eran italia-nas, y la cuarta polaca. Suelen conocerse en los accesos a la Santa Sede –donde siempre hay al menos una pareja de guardias que te pregunta adónde vas, y que te deja pasar sólo si la respuesta le convence-, y luego se tratan en las pocas horas libres, normalmente en el limítrofe barrio de Borgo Pio, porque los guardias tienen que recogerse antes de las once de la noche. Tres veces al mes se les permite volver a medianoche a la angosta ciudadela suiza del Vaticano, a la que se accede por la puerta de Santa Ana, siempre bulliciosa de turistas en busca de la entrada a los Museos Vaticanos.

La ciudadela suiza consta de tres cuarteles, una iglesuela y un patio, donde sorprende ver columpios y algún triciclo, pues hay también población infantil, una veintena de críos, entre ellos los tres hijos del coronel Mäder. Las mujeres son allí bienvenidas en dos categorías: como esposas o como religiosas, pues cinco monjas se ocupan del rancho, en el que no faltan las especialidades suizas. Reclutar mujeres para la Guardia Suiza, y tal vez suplir así la incipiente escasez de candidatos, está fuera de discusión. “No puedo imaginarme el servicio con mujeres en este ambiente tan estrecho – arguye Mäder-. Además, los guardias son jóvenes, muchos tienen menos de 25 años, y no quiero problemas. No es que las mujeres no puedan desempeñar esta tarea, sino de que su presencia provocaría indisciplina”.

Una mancha en el cuerpo
En esa ciudadela cerrada se produjo la mayor tragedia de la Guardia Suiza contemporánea, acaecida el 4 de mayo de 1998. Poco después de las nueve de la noche, el comandante, Alois Estermann, de 44 años, que había sido nombrado apenas nueve horas antes, moría a tiros junto a su esposa, Gladys Meza Romero, de 49, y el cabo segundo Cedric Tornay, de 23. Descubrió los cadáveres una religiosa cuyo nombre no ha trascendido jamás. La versión oficial de lo sucedido, que el Vaticano archivó como definitiva, atribuye al cabo el doble asesinato, culminado con su propio suicidio, una versión que la familia del joven rechaza, convencida de que existen secretos más allá del aparente crimen pasional. “Las nubes deundía no pueden oscurecer un cielo de 500 años”, Francia en la que el Papa apoyaba al rey francés. Ese día cayeron en combate 147 soldados helvéticos, incluido el comandante, Kaspar Röist, lo cual permitió a Clemente VII salvar la vida. Protegido por los restantes 42 alabarderos, el Papa logró atravesar el corredor de la antigua muralla que conecta el Palacio Apostólico con el castillo fortificado de Sant´Angelo, a orillas del río Tíber. Aún hoy se suele mostrar a los turistas los agujeros en la muralla de los arcabuzazos disparados contra el pontífice por las tropas de Carlos V quien, avergonzado, se dolió por aquel saqueo de la ciudad.

El comandante Kaspar Röist murió durante ese asalto ante los ojos de su esposa, Elisabetta Klinger, cuando el matrimonio estaba reservado sólo a la oficialidad. En los recientes años setenta, la Secretaría de Estado vaticana autorizó a los militares suizos a casarse alcanzado el rango de cabo; y de hecho el año pasado hubo cuatro bodas, en las que tres novias eran italianas, y la cuarta polaca. Suelen conocerse en los accesos a la Santa Sede – donde siempre hay al menos una pareja dijo el cardenal Angelo Sodano, secretario de Estado, durante los funerales. Un mes después, Juan Pablo II nombró comandante segundo a Mäder, quien sería ascendido a comandante en el 2002. Aél y a su predecesor, Pius Segmüller, ha correspondido la tarea de resanar el cuerpo, mancillado hasta el punto de que llegó a insinuarse su disolución.

En realidad, la Guardia Suiza – que puede considerarse el ejército actual más antiguo del mundo, en el sentido de que hace medio milenio no se contrataba a mercenarios por tiempo indefinido- ha cesado actividades por vaivenes de la historia en al menos tres ocasiones. Ha sido fiel, pero también revoltosa: combatió contra los soldados piamonteses que en 1870 culminaron la unificación de Italia al tomar Roma y acabar con el poder temporal de los Papas, y muy poco después, en 1878, se amotinó por no recibir los cien escudos de gratificación por cabeza tras ser elegido Papa León XIII. El episodio se repitió años después, hasta que Pío X fichó en 1910 como comandante a Jules Repond, que puso orden, y a quien se considera hacedor de la Guardia Suiza actual. De entrada, le restituyó el uniforme renacentista original, de rayas azules, amarillas y rojas, inspiradas en los colores de los Médicis, y que la leyenda atribuye a Miguel Ángel. Existe también un uniforme de diario azul marino, más sobrio.

Ni un solo documento atestigua esa autoría de Miguel Ángel, sostiene el sargento Christian-Roland Marcel Richard, de 35 años, autor del libro La Guardia Svizzera Pontificia nei corso dei secoli,editado con motivo del aniversario. El sargento resume así la apuesta helvética para la defensa vaticana: “Julio II eligió a los suizos para su defensa personal por la peculiaridad y la historia del país, por su pasión por la guerra y por su respeto hacia la Iglesia”.

Y también por leyes de mercado: Suiza era en el siglo XVI el país europeo con más infantería de pago. Ahora, en cambio, la cantera helvética se va reduciendo, aunque cuesta creer que el Papa pueda quedarse algún día sin sus muy fotografiados soldados.

Fuente:
http://www.lavanguardia.es/web/20060122/51225560900.html

Author: Lalo Márquez

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