El error del desprecio en la Ciencia

Por Pedro Mascarós Gil.- Uno de los errores que cometen los aficionados a la ciencia es pensar que el rechazo a determinadas hipótesis en investigaciones concretas, como por ejemplo, el rechazo al creacionismo, al diseño inteligente o a hipótesis extraterrestres o fantasmales, se debe, principalmente, a la escasa probabilidad de su veracidad. En realidad, éste no es el problema fundamental. Al mismo tiempo, cuando decimos que esa hipótesis no es admisible por estúpida, absurda o poco probable, estamos dando a entender que la ciencia es corta de miras, no es libre, y su alcance, limitado; algo nada más lejos de la realidad.

Cuando Bobby Henderson tuvo la idea del “Flying spaghetti Monster”, una parodia de religión creada como respuesta contra el diseño inteligente, consiguió, tal vez, hacernos reír a todos, y al mismo tiempo, pudo dar que pensar sobre el uso de conjeturas basadas en “hechos consumados”. De esta forma, y sin darse cuenta, hacía un flaco favor a la ciencia, dando a entender que determinadas hipótesis pueden ser ridiculizadas. Henderson demuestra hábilmente que la probabilidad de su teoría del “monstruo spaghetti” es la misma que la del dios cristiano, pero da a entender que la investigación sobre la evolución no puede basarse en ellas por ser absurdas o ridículas, y esta no es la razón. Ciertamente los movimientos creacionistas en EEUU mienten más que hablan, pero el camino de Henderson no es el más apropiado, pues el error de este tipo de ejemplos es doble. Primero, porque no explican convenientemente por qué no es admisible basar un estudio científico en dichas hipótesis, y segundo, porque crea un sentimiento de discriminación hacia las personas creyentes en este tipo de conjeturas, legas en ciencia, que acaban fácilmente manipuladas en los intereses políticos o lucrativos de cuatro espabilados.

La ciencia es lenta y costosa, y hay lujos que no puede permitirse. Entre ellos, comenzar una investigación basándose en determinadas suposiciones, las cuales restringen su alcance. Lo explicaré con un símil: si a uno le encargan una investigación exhaustiva sobre la influencia principal que tuvo un determinado autor, por ejemplo Emmanuel Kant, sería lo más sensato leerse las obras de dicho autor, viajar a su ciudad natal y visitar su casa y biblioteca, leer sus cartas, todo libro que cayó en sus manos, y entrevistar a gente cercana. La persona que así obra, sin pensarlo, está basando la investigación en una hipótesis: “la influencia principal de este filósofo es una persona de su época o época anterior”. El investigador podría tener la sospecha de que cierto astrónomo llamado “Thomas W.” fue una gran influencia; también podrían estar sus sospechas en que fue el mismísimo dios. Nada de esto es ridiculizable, ahora bien, lo que para nada sería aconsejable es que basara su investigación en la conjetura: “La influencia principal de Kant fue Thomas W.”, como tampoco sería un método científico aceptable basarlo en: “La influencia principal de Kant fue Dios a través del arcángel san Gabriel”, por la sencilla razón de que con la primera hipótesis (“persona de su época o época anterior”) podrá llegar tanto a estas conclusiones, en caso de ser veraces, como a cualquier otra realidad (ya se trate de persona, dios o extraterrestre de Alfa-Centauro), pues no olvidemos que el investigador está leyendo todas sus obras, viajando a su ciudad natal y visitando su casa y biblioteca, leyendo sus cartas y todo libro que cayó en sus manos, y entrevistando a gente cercana. Con la segunda y tercera conjetura no deja margen a más camino que el impuesto por la propia suposición, pues la indagación se queda solo en demostrar un hecho consumado, y por lo tanto, ¿para qué indagar tanto en su biblioteca personal?, solo los escritos de “Thomas W” o los religiosos le servirían a tal tarea; en el caso de ser un supuesto erróneo, jamás llegará a conclusión alguna.

Exactamente lo mismo pasa cuando se intenta sentar cátedra con la teoría del diseño inteligente o el creacionismo: de repente, pierde sentido cualquier indagación, como por ejemplo, la búsqueda en el registro fósil.

Hace poco leí una crítica hacia la persona de Doctor Jiménez del Oso basada en lo mismo, en el prejuicio hacia las hipótesis más fantásticas, ¿acaso no son estas suposiciones las que nos hacen soñar, las que nos mantienen vivos? Yo tengo un recuerdo muy especial de aquel antiguo programa televisivo. Porque una cosa es el intento de sentar las bases de la investigación con estas suposiciones, y otra muy distinta que la hipótesis deba rechazarse por ridícula. No lo es en absoluto. Mientras no se demuestre lo contrario, todas las hipótesis, sean de la índole que sean, son más o menos probables. Todas habrán de contemplarse, pero solo la más sencilla (hasta que pudiera ser refutada) será la base, pues la ciencia no puede permitirse el lujo de ponerse unas orejeras de burro para encaminar una investigación, ni abandonar ninguna vía de investigación. He ahí el porqué, y he ahí por qué términos como “Antropología Teológica” (y entonces Paleofreak dice “¡Jaaarrrll!”) suena tan irrisorio, porque en el propio nombre está el estudio y la solución ¿Qué leches investiga un “antropólogo teológico”?, tal vez lo mismo que en la “Antropología Spaghetteriana”, si pensamos en el cachondo de Henderson. En definitiva es, sin duda alguna, un afán de empezar la casa por el tejado, un método para nada aconsejable en ciencia, sobre todo si pensamos en lo costosa que es.

Nótese cómo el erróneo proceder en el desprecio de hipótesis, por el mero hecho de parecer improbables, ha llevado a los seguidores del creacionismo (un problema más político que científico) a sacar la idea de un diseño inteligente “laico” como alternativa, para que encaje dentro del marco científico. Parece una conjetura más probable vista de esta forma, pero no nos engañemos, la probabilidad no es el problema, sino aceptar como base de investigación un hecho consumado, y el diseño inteligente, aunque veladamente, lo tiene.

Otro tanto pasa cuando parece que ocurren hechos misteriosos en una casa, y el investigador se presenta con un “detector de plasma” y aparatos de grabación sofisticados. No tiene nada de malo pensar que se trata de fantasmas; lo que no es de recibo es ir directamente a indagar con esa base. Ciertamente, si en determinadas situaciones no se hace una investigación seria empezando con hipótesis sencillas, es, sin lugar a dudas, porque no vale la pena, ni el dinero, ni el esfuerzo. Así que siempre nos quedarán los parapsicólogos, con sus antenas, haciendo, con perdón, el gilipollas.

Fuente:

http://www.divulcat.com/divulgacion/el_error_del_desprecio_en_ciencia_614.html

Author: Lalo Márquez

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