¿Diseño inteligente o diseño maligno?

Este año se cumplen 80 de la celebración de un famoso juicio llevado a cabo en Dayton, Tennessee. Este juicio ha sido quizá uno de los más publicitados y discutidos casos legales del siglo veinte en los Estados Unidos, y del cual se produjo al menos una versión cinematográfica que fue muy famosa. John T. Scopes, profesor de ciencias en la educación básica en esa localidad, estaba acusado de violar una ley estatal que prohibía la enseñanza en las escuelas públicas del Estado de cualquier teoría que fuese contraria a o negase la historia de la creación divina, contraviniendo lo escrito en la Biblia. Por José Sarukhan *

Detrás de la consignación del profesor Scopes estaba el movimiento fundamentalista protestante del Estado que, grandemente alarmado por la amenaza que veía en la enseñanza de la teoría evolucionista, recurrió al mencionado proceso legal para asegurar la prohibición y el castigo de tales enseñanzas. Justamente por esas épocas, la teoría de la evolución a través de la selección natural, propuesta por Darwin en la segunda mitad del siglo anterior, pasaba por un renacimiento debido a la “Nueva Síntesis” de la teoría de la evolución que, impulsada por varias ramas de las ciencias biológicas, en especial por el desarrollo de la genética como ciencia, incorporaba a las ideas de Darwin elementos que las robustecían y las convertían en el elemento unificador de las modernas ciencias biológicas. Para acortar una larga historia, el juicio fue perdido por el profesor Scopes, a pesar de que se reconoció años más tarde la forma improcedente del juicio. Sin embargo, la opinión pública tuvo una sólida enseñanza sobre ciencia y evolución y la importancia de separarla de las creencias religiosas.

A pesar de ello, la inercia social y los intereses religiosos en Tennessee fueron suficientemente poderosos para mantener la ley vigente hasta 1967, año en el que se derogó. En buena parte de la segunda mitad del siglo pasado, hubo varios intentos de revivir el “juicio Scopes” sobre las mismas bases; en mayor o menor medida esos intentos fallaron, fundamentalmente por lo manido del argumento del apego a la interpretación literal —y debo remarcar, una especial interpretación— del relato del Génesis en la Biblia. Sin embargo, y a pesar de esta historia de intentos fallidos para desacreditar las ideas sobre evolución orgánica e impedir, o al menos contrarrestar su enseñanza en las escuelas con argumentos religiosos o seudo-científicos, ochenta años después del juicio, una parte de la población de ese país —con su actual presidente a la cabeza— no parecen haber aprendido la lección y han emprendido una nueva campaña de ataque al evolucionismo, astutamente orquestada y fuertemente apoyada en lo económico y lo político en varios estados de la Unión Americana.
El resultado de la ineficacia del literalismo bíblico en los juicios legales, fue la improvisación de una nueva modalidad de expresión del fundamentalismo cristiano, consistente en aceptar que, después de todo, sí han ocurrido cambios que podrían interpretarse como evolutivos, pero que todos esos cambios obedecen a un plan perfectamente construido y concebido, a un “diseño inteligente” del planeta que incluye el desarrollo de la vida en el mismo y especialmente el de la especie humana, siguiendo lo que solamente se puede interpretar como un “designio divino”. El argumento central que fundamenta esta postura por parte de los fundamentalistas es que la trama de la vida es tan compleja, que solamente un ser supremo pudo haberla diseñado. La estrategia es astuta: donde las ideas del “creacionismo científico” fallaron en su pretensión de no ser indoctrinación religiosa, la propuesta del “diseño inteligente” ha resultado más exitosa al insistir en que existe un debate científico donde no lo hay. El propósito es sembrar dudas sobre la existencia de la evolución orgánica basada en los principios de la aleatoriedad de los millones de posibilidades de las recombinaciones genéticas que ocurren permanentemente en las cadenas de ADN de todos los organismos vivos en el proceso de reproducción, y posteriormente en la selección que diferentes factores ambientales ejercen sobre la progenie.

Da la impresión de que esta “nueva” (¡vieja!) corriente cristiana ultra conservadora y fundamentalista, está tratando de regresar a, y recoger, las enseñanzas del teólogo y pastor anglicano William Paley, nacido en 1743, que fueron brillantemente expresadas en su Teología Natural, obra que sostenía la idea de la creación divina de la Tierra y los organismos que la habitan, basándose en que los atributos del comportamiento y el diseño que poseían los organismos vivos no podían haber sido sino producto de la intervención divina. Cito un breve pasaje de la Teología Natural de Paley: “Las marcas del diseño son demasiado fuertes para ignorarlas. El diseño debe haber contado con un diseñador. Ese diseñador tiene que haber sido una persona. Y esa persona es DIOS”. Paley es famoso por su analogía de la aparición de un organismo perfectamente formado en un medio nuevo y extraño (que equivaldría a la creación del hombre en medio de la naturaleza), con la de encontrar un reloj en medio de la nada, lo que llevaría a deducir que ese reloj habría sido el producto de un creador y diseñador inteligente, que existe aunque no lo conozcamos. Haré mención más adelante sobre este autor y sus ideas, tanto porque representan el punto de partida de los “nuevos” fundamentalistas, como por el hecho de que la reacción a los argumentos de Paley estimularon en buena medida el desarrollo de las ideas evolucionistas, especialmente en Carlos Darwin, quien tuvo que estudiar a Paley durante su formación universitaria en Cambridge.

¿Pero por qué es precisamente con la evolución y no con otras ramas o ideas de la ciencia (por ejemplo el principio de incertidumbre de Heisenberg o la teoría de la relatividad) con la que se ha dirigido la artillería más pesada de los grupos conservadores (cristianos o no)? Creo que la razón es muy sencilla: ninguna religión se siente cuestionada en sus fundamentos (por lo menos ninguna religión abrahamica) de la misma manera por la evolución que por, digamos, la teoría electromagnética. Y de ahí que Darwin y su propuesta revolucionaria, no nada más de las ciencias biológicas, sino del pensamiento teológico y de la filosofía misma, se hayan convertido en un blanco predilecto de varias religiones, pero en especial de aquellas que se basan en interpretaciones más o menos literales del Antiguo Testamento.

Todo lo anterior, no pasaría de los niveles de atención pública y consecuencias sociales que poseyó el famoso “juicio Scopes”, o los juicios similares que le siguieron han tenido, si no fuese porque detrás de este nuevo movimiento de los grupos más retardatarios de los Estados Unidos existen poderosos intereses económicos y políticos, involucrados en “desacreditar” todo tipo de ciencia que representa, por sus resultados, una amenaza a sus intereses. Un ejemplo de ello es el “Discovery Institute” (ninguna relación con el canal de televisión dedicado a programación de la naturaleza) respaldado económicamente por fuentes ultra-conservadoras. Tampoco sería muy importante si esto ocurriese en un país sin la capacidad de influencia política, económica y militar de los Estados Unidos. El caso de los intentos de desacreditación del enorme cuerpo de evidencia existente sobre calentamiento global y cambio climático, por parte tanto de la administración del presidente Bush como de ciertas áreas de la industria, especialmente la petrolera, es un claro ejemplo —pero no el único— de ello.

Por las anteriores razones, este artículo es el primero de varios que escribiré sobre el tema del “diseño inteligente”. Esta propuesta es un nuevo —y bastante peligroso— embate contra el conocimiento científico sólido y sistemático, evaluado por la misma comunidad científica, y que pretende sustituirlo por una seudo-ciencia que encaminaría al mundo, sutil pero eficazmente, a que el conocimiento, en vez de ser liberador de los individuos, se convirtiera en una peligrosa herramienta de manipulación y dominación de las sociedades.

*Investigador del Instituto de Ecología, UNAM
*Miembro del Consejo Consultivo de Ciencias
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Fuente: http://www.cronica.com.mx/nota.php?idc=209104

Author: Lalo Márquez

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