Parque de atracciones en el Vaticano

Estos días de vírgenes púbicas cantando ante las cámaras sus rezos, mientras un anciano enfermo, en sus postrimerías, enfila un hilo de voz y las bendice, me han retrotraído algunas imágenes bíblicas. Una buena escuela de monjas, en los años de mi “Florido Pensil” y una cierta fidelidad a la lectura de la Biblia, libro al que retorno con el placer que dan los clásicos, han hecho de mí una descreída muy leída. Aunque con el tiempo aún no he resuelto la dicotomía: ¿leo porqué no creo, o no creo justamente porqué leo? Va a ser que sí y que no, que las dicotomías están para no resolverse. Hablaba de las imágenes bíblicas. Una de las más poderosas, por su brutal carga simbólica, es la adoración del becerro de oro, construido por Aaron con las joyas de los israelitas. Cuando Moisés, recién ungido con las tablas de la Ley, representación de la civilidad y el orden, encuentra a su pueblo sometido al fanatismo, se reproduce el eterno pulso entre el poder divino y el poder terrenal, pero la metáfora del becerro permite, fundamentalmente, una interpretación cartesiana. El becerro es todo aquello que puede ofrecer el poder en la tierra: dinero, autoridad, liderazgo, seguridad. Las tablas dan trascendencia espiritual al poder terrenal, pero sobretodo son un código de comportamiento social, un conjunto de leyes que permiten una estructuración racional de la convivencia. En el fondo, el caos frente al orden; el tumulto frente a la sociedad organizada; el interés individual frente al bien colectivo. Probablemente esta es una de las aportaciones más relevantes de nuestra primera gran cultura monoteísta: la dotación de un concepto de ley. Y ello sabiendo, gracias a Wittgenstein y a su “jaula del lenguaje”, que la ley pura, como la ética, no pueden ser del todo descritas: el lenguaje es una trampa para la integridad del concepto. ¿Será por ello que Moisés tiene que cubrir su cara con un velo, porqué la verdad revelada resplandece en él hasta cegar? En fin, sea como sea, Moisés dota a su pueblo de un código legal, y con él lo refuerza y lo consolida. Seguramente gracias a ello el pueblo judío ha sobrevivido a 5.000 años de persecución.

La adoración del becerro de oro no es equiparable por motivos obvios
(no vamos a ofender gratuitamente) al espectáculo de adoración pública que estos días estamos viviendo ante las ávidas cámaras de la televisión. Pero, salvadas todas las distancias (aunque las cuentas vaticanas tienen mucho de becerro áureo), me pregunto qué habría hecho el bueno de Moisés, conocido su fuerte carácter, si hubiera aterrizado ante el Vaticano y hubiera contemplado esa masiva e impúdica exhibición de culto a la persona. En momentos así, convertido un anciano enfermo en una especie de reencarnación mesiánica, una tiende a pensar que la reforma luterana tuvo mucho sentido, como mínimo como efecto escoba contra la idolatración. Sin embargo, lejos de frenar ese bochornoso espectáculo de exhibición y mesianismo, que no es más que una gran orgía del ego, el Vaticano no escatima esfuerzos para alimentarlo, y ahí tenemos todo el número montado, pantalla gigante incluida, para que la enfermedad y el dolor se conviertan en una gran atracción. Aparece un anciano al filo de la muerte y los gritos se disparan, los cuerpos se contorsionan extasiados, los rezos se vuelven compulsivos, y una se pregunta a quien o a qué están adorando todos esos. Freud haría maravillas con el psicoanálisis colectivo.

A estas alturas del artículo algunos ya me dirán que me meta en lo mío, que esto es cosa de creyentes y que cada cual hace lo que quiere con su fe. Al fin y al cabo, entre adorar a la pitonisa Lola y adorar al Papa, sin duda el Papa tiene más gracia. Puede, aunque no hay tanta diferencia de nivel: los dos son carne mortal. Pero lo cierto es que cualquier actividad colectiva es opinable, y nuestra sociedad no tiene ningún reparo en visualizar como ejemplo de fanatismo medieval los numeritos que los chiíes hacen en sus entierros o las fiestas con latigazos incluidos que adornan su calendario. Bien. Estoy de acuerdo: en pleno siglo XXI la religión continua mostrándonos, en versiones distintas, su cara más fanática, más obtusa y más antimoderna, entendida la modernidad en su acepción filosófica. Por supuesto, ahí está el extremo enloquecido de los mártires de Alá. Pero el espectáculo del final de Karol Wojtyla no difiere demasiado de cualquier otra exhibición de fanatismo irredento, con adoración mesiánica incluida. Sin embargo, ello no solo no parece alertar a nadie, sino que nuestra televisión toda nos retrata el evento como si fuera un aspecto más de la normalidad.

No. Nada de lo que ocurre en el ocaso de Juan Pablo II puede ser considerado un ejemplo de normalidad, a no ser que la normalidad no se defina por la racionalidad sino por el comportamiento de la masa. Con este parque de atracciones montado alrededor del final físico de un anciano, vendido como ejemplo de sacrificio y dolor (nunca entenderé porqué el dolor es considerado espiritual), el Vaticano está haciendo una gran campaña de márqueting, una especie de spot publicitario que alargará todo lo que pueda, convencido de que la exhibición del fanatismo, fanatiza aún más. Hablemos pues claro: se está usando la agonía de una persona al final de su vida; se usa como márqueting; y se usa arañando las paredes del culto a la persona, pisando fuerte en el terreno de la idolatría. Personalmente me parece una exhibición impúdica, ausente de toda espiritualidad. Es la adoración personalizada de una figura mesiánica, orquestada por unos hombres que, no sé si adoran becerros de oro, pero no viven precisamente en el recogimiento y la pobreza. El Vaticano es una gran maquinaria de propaganda con dos mil años de experiencia en publicidad. Y no la para nadie: ni la enfermedad de un anciano en su ocaso.

Por: Pilar Rahola : Diario El Pais. Madrid.

Fuente: http://www.pilarrahola.com/1_3/ARTICLES/detall.cfm?ID=000000026U&IDIOMA_ID=2

Author: Lalo Márquez

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