Ahora las caras de Bélmez salen en otra casa

El “enigma” no parece tener fin. Nuevas caras han aparecido en otra casa del pueblo jienense de Bélmez, famoso desde que en 1971 empezaron a surgir las primeras. Esta vez han colonizado la casa natal de María Gómez Cámara, la fiel guardiana de las extrañas imágenes, que falleció hace nueve meses.Se vende casita típica de pueblo en Bélmez de la Moraleda. A una hora de Jaén, al pie de Sierra Mágina. Dos plantas, seis habitaciones, corral, muros anchos, vigas de madera. Muy céntrica. Con mucho encanto y una larga historia a sus espaldas. Se incluyen las caras que desde i97i florecen en el suelo de cemento de la planta baja, aunque son completamente inofensivas. También entran en el lote otras miles de caras, pero de carne y hueso: las de parapsicólogos, periodistas y curiosos de toda la península y parte del extranjero que no se cansan de llamar a la puerta cada año para comprobar si se trata de un timo, un capricho del ojo o un fenómeno de lo más paranormal. Abstenerse incrédulos. Precio: a negociar, si bien los propietarios no escucharán ofertas por debajo de los 600.000 euros. Por lo que cuesta un piso grande e insulso en Madrid, puede usted ser dueño de la cueva de Altamira de los amantes del más allá, de la Capilla Sixtina de lo inexplicado, de todo un mito de la historia popular de España. Ser dueño, en mayúsculas, de las Caras de Bélmez.

La propietaria de la casa, María Gómez Cámara, murió el pasado 3 de febrero a los 85 años tras haber ejercido de guardiana orgullosa de las caras desde que descubrió la primera junto al fogón de la cocina el 23 de agosto de i97i. Nueve meses después de su muerte, su hijo Miguel Pereira Gómez dice que, muy a su pesar, los cinco hermanos han decidido vender la vivienda. El momento no puede ser más favorable para cerrar un buen negocio. Desde que el mes pasado la Sociedad Española de Investigaciones Parapsicológicas (SEIP) anunció el descubrimiento de nuevas imágenes en otro inmueble del pueblo, precisamente la casa natal de María, el mito de Bélmez vive un resurgir mediático sólo comparable a la fama que conoció en los años 70, cuando el público, como ahora, formaba colas impresionantes los fines de semana.

Pero mientras le sale una oferta a la altura de sus grandes expectativas y de la leyenda del lugar, Miguel, que ahora tiene 58 años y está jubilado, continúa un día más ejerciendo pacientemente de guía en el número 5 de la antigua calle Real, rebautizada por el Ayuntamiento con el nombre de la hija predilecta que sacó al pueblo del profundo anonimato.

Después de haber oído tantas veces desde niño la inquietante historia, llegó el momento. El visitante cruza al fin el umbral… En la antigua cocina, reconvertida en salón de estar, Miguel enseña por enésima vez las caras, perfilando el suelo de cemento con la punta de una vara. “Mira, la nariz… El ojo… La boca… Ésta ha salido hace 12 días”, dice mientras los recién llegados siguen la punta del palo y se esfuerzan por adivinar de qué forma se trata.

Al cabo de un rato y con un poco de imaginación resulta ya más fácil extraer una multitud de vagos rostros fantasmales. El viejo, cuarteado y húmedo suelo de cemento de la casa, lleno de manchas, rayones y claroscuros, funciona como un lienzo grumoso que invita a asociar figuras en medio del caos. Pero hay unas pocas imágenes, precisamente las más famosas, que se reconocen a simple vista porque forman parte de la tradición popular. Sobre ellas reposa el mito de Bélmez. El Pelao, La Pava, la carita del niño junto a la chimenea… Dice Miguel que las imágenes van y vienen, pero que ninguna de ellas es fruto de la humedad ni del azar. Qué va. “No es casualidad. Esto tiene que salir por algo”, sostiene poco antes de escudriñar en las arrugas materiales del suelo y cantar eureka: “¡Mira dónde hay otra!”.

En realidad, más que un fenómeno parapsicológico, se trata de un fenómeno de la psicología social de este país digno de estudio. No hay historia de misterio en España tan exitosa como la creada en torno a esta humilde casa, que por no tener no tenía ni agua, ni luz ni retrete cuando saltó a la fama hace 33 años desde lo hondo de un pueblo perdido. Y todo por un simple borrón (de lo más curioso, eso sí) en el suelo de la cocina. Porque así empezó todo, según recuerda Miguel junto a la foto de su madre y justamente sobre el lugar de los hechos: “Vine yo del campo y me dijo mi madre: ‘Asómate ahí, a ver si ves algo’. ‘Pues claro que lo veo, una cara. ¿Quién ha pintado eso?’. ‘¿Quién lo va a pintar, si aquí no hay nadie?’, dijo ella. La piqué y eché cemento encima. Pero a los tres días, al dar la luz de noche, se veía otra vez la cara, que parecía que me estaba mirando. Estuve varios días que no podía dormirme, pensando: ¿qué podrá ser?”.

Curiosos y milagreros. La noticia del hallazgo de esa cara primigenia, La Pava, la misma que hoy conserva en una hornacina en la pared, se corrió como la pólvora y dio pie a un sinfín de experimentos que intentan hasta hoy encontrar la explicación. Rememora Miguel que picaron todo el suelo y volvieron a echar capas nuevas de cemento, con el único resultado de que las caras no hacían más que multiplicarse. Sugestionados así por la obsesiva misión de buscar ojos y bocas, el camino ya estaba abonado para que, en efecto, aparecieran por doquier. Comenzaron a llegar los enviados especiales y las expediciones de curiosos y de milagreros. Se convirtió de esta forma en un asunto de orden público en la España del tardofranquismo y el Gobierno envió un equipo de la Policía desde Madrid para estudiar el enigma. “Estuvieron haciendo pruebas… Y no sacaron nada. Echaban líquidos, y cada vez que echaban algo, salía mejor”.

Los agentes comprobaron, y podemos dar fe de ello, que, en todo caso, estas manchas humanoides no están pintadas a mano con tinta tramposa. ¿Y cómo iban a hacerlo, dirá un vecino del pueblo, si esta familia era gente de campo que apenas sabía escribir?

Junto a los policías intervinieron los parapsicólogos de la vieja escuela: Germán de Argumosa, Hans Bender, el memorable Fernando Jiménez del Oso. Los investigadores, recuerda Miguel, arrancaron y se llevaron un trozo de cemento con la cara de El Pelao pero en su lugar, oh misterio, surgió otro… Que volvió a esfumarse cuando devolvieron a su sitio al original, el que hoy se apoya recortado en la pared de la chimenea. Ahondando aún más en busca de un origen, albañiles municipales cavaron un hoyo de 2,8 metros en la cocina y encontraron “tres o cuatro huesos”, que se supone pertenecían a los enterrados del cementerio de una antigua ermita del siglo XIII colindante con la casa.

También grabaron psicofonías en las que decían que se oyen voces lejanas, pero, la verdad sea dicha, Miguel pone por delante que nadie en su familia oyó jamás lamentos de ultratumba ni vio una silla moverse sola ni medio milímetro. “No, no, de muertos y espíritus yo no entiendo”. Pasado el primer susto, las imágenes adquirieron entidad propia y se convirtieron casi en parientes virtuales. La mujer de Miguel, María Jesús Valenzuela, que las ha fregado sin piedad con lejía y jabón Lagarto durante décadas, describe con sentido del humor la tolerada convivencia: “A nosotros ninguna cara nos ha pedido de comer ni de beber, porque si no, ¡puerta!”.

Las visitas a la habitación provocan situaciones más divertidas que tenebrosas. Llega Claudia, una vidente francesa, y María Jesús le pregunta si ve algo, no sabemos si en sentido físico o metafísico. “La verdad es que no veo nada”, responde la vidente. Luego entra Enrique, un marino mercante valenciano, y en un aparte susurra descreído al periodista: “Eso es como si yo te llevo a mi casa y te digo, mira, mira, las caras que hay”. María Jesús le intenta enseñar la cabeza de un caballo en el pasillo. “¿Y por qué no una cabra?”, replica el marino. “Puede ser también un mulo”, tercia Miguel.

A lo largo de los años han desfilado por aquí muchas caras del pueblo llano, y caras de famosos de la tele y el papel cuché: el torero Palomo Linares, que ofreció al principio un millón de pesetas por la casa; la cantante Alaska; el ex ministro del Partido Popular Manuel Pimentel; o un nieto de Franco, Cristóbal Martínez-Bordiú Franco, muy intrigado por ver la cara, hoy perdida, a la que consideraban el vivo retrato del dictador.

Una fuente de propinas. Para María, que desde i985 vivía sola en la casa tras casarse su hijo Miguel y enviudar de su marido, Juan Pereira, este chorro de turistas del más allá o más acá suponía una irregular fuente de propinas (para ir tirando, en todo caso, porque en la familia nadie se ha hecho rico), pero sobre todo una inagotable fuente de calor humano y también de distracción. Dicen los que la conocieron que caía en la tristeza cuando no venía nadie.

La Sociedad Española de Investigaciones Parapsicológicas tiene, claro, su propia explicación, mucho más encantadora, trascendente y misteriosa que la que puedan dar unos pobres materialistas. En la SEIP llaman a las imágenes “impregnaciones vibracionales” o “teleplastias”, que significa, explica su presidente, Pedro Amorós, “formaciones psíquicas a distancia”. Su conclusión es que, junto a la humedad y la textura del cemento, hay un tercer factor desencadenante del fenómeno: una extraña fuerza psíquica que usaba la mente de María como lápiz o médium.

Más atrevido y novelesco es el relato de Iker Jiménez y Luis Mariano Fernández, que plantean en su libro Tumbas sin nombre que algunas caras corresponden a los rostros de la hermana de María, Isabel, su marido, que era guardia civil, y cinco hijas, muertos todos en i937 (envenenados por comer malas yerbas o bajo los bombardeos) durante el asedio republicano al santuario de la Virgen de la Cabeza de Andújar, donde se habían refugiado en plena contienda.

La creencia más extendida entre vecinos y parapsicólogos es que el fenómeno estaba ligado de alguna manera a la mujer, y que a su muerte los rostros se irían a la tumba con ella. Pero, ¡sorpresa!, a finales de septiembre una señora llamada Felipa pidió al grupo de Pedro Amorós que mirara en la casa de su padre, Pedro Gómez Cámara, hermano de María, donde ésta nació y se crió. Felipa veía algo raro. Días después, la SEIP anunciaba la buena nueva: en el cemento de una habitación de la casa natal de María Gómez habían surgido nuevas imágenes tras su muerte. Desde entonces, los fines de semana el pueblo se llena de turistas en peregrinación.

Agudeza visual. Las hijas de Pedro, el hermano de María, han dejado las llaves de la segunda vivienda, en el número 7 de la calle Cervantes, en manos del Ayuntamiento y los parapsicólogos. Esta casa se encuentra cerca, a unos 200 metros, de la vivienda original donde apareció el fenómeno. Blas, uno de los dos policías municipales, refunfuña cuando los periodistas le piden que les abra la puerta. Otra vez a subir la cuesta. Allí se repite el juego de agudeza visual. Blas y el fotógrafo negocian perspectivas. Si miras así es una calavera. Vale, pero si miras así es un hombre con perilla. Agobiado por el trasiego, lo que tiene claro el policía es que si en su casa le llegan a salir caras “¡no se entera nadie!”.

La alcaldesa, María Rodríguez Arias (PSOE), sueña con abrir próximamente en el inmueble un Museo de las Caras, de modo que Bélmez de la Moraleda (epicentro moderno de la vieja tradición fantástica que tuvo como base la comarca jienense de Sierra Mágina) siga siendo un hito en el mapa paranormal de España y los curiosos no dejen nunca de venir. A diferencia de los dueños de la primera casa, las propietarias de esta otra se la han ofrecido al Ayuntamiento a precio de mercado, que aquí puede suponer menos de i0 millones de pesetas (60.000 eurillos). La alcaldesa describe sus planes incorporando a su discurso el lenguaje de las teleplastias y las psicofonías. Porque ella dice que cree, “como el 90% de los 2.000 habitantes del pueblo”, en el origen sobrenatural de la atracción que les dio fama.

Piensen lo que piensen, lo que sí resulta evidente es que a nadie le interesa aquí matar su poético mito con esa prosa vulgar del sentido común, que explica lo inexplicable como un simple caso de imaginación visual y sugestión colectiva idéntico a cuando alguien busca borregos en las nubes tumbado sobre el césped. Los vecinos del pueblo prefieren mantener viva la leyenda, la ilusión, la fantasía…Y el bolsillo.

Total, a nadie se hace daño y todos se quedan tan contentos. Es la filosofía natural de Juan Gómez Gamarra, El Comunista, cuyo bar homónimo a la entrada del pueblo ya no da abasto. “Lo que yo digo, ¡que salgan caras todas las semanas en una casa distinta!”.

Por Eduardo del Campo. Fotografías de Francisco Vega

Fuente (incluye fotografías): http://www.elmundo.es/magazine/2004/268/1100113052.html

Author: Lalo Márquez

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